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Villa Juárez, Navolato.– La historia de Ana María Cruz Carrasco es también la historia de muchas familias que llegaron a Sinaloa desde el sur del país en busca de trabajo y terminaron haciendo de Villa Juárez su hogar.
Hija de jornaleros originarios de la región Mixteca de Oaxaca, nació en esta sindicatura y creció entre el trabajo agrícola, las necesidades de la comunidad y las tradiciones que sus padres se empeñaron en conservar. 
Su padre, Antonio Catalino Cruz Mendoza, originario de Juxtlahuaca, Oaxaca, y su madre, Luisa Francisca Carrasco Cisneros, de Huajuapan de León, llegaron a Sinaloa después de migrar en busca de trabajo.
“Yo nací en la sindicatura de Villa Juárez, soy hija de jornaleros agrícolas”, comenta Ana María.
Relata en entrevista para Tus Buenas Noticias, que sus padres llegaron de Juxtlahuaca y Huajuapan de León, Oaxaca, después de buscar oportunidades primero en Baja California.
Su padre, Antonio Catalino Cruz Mendoza, fue además uno de los impulsores de la organización comunitaria y de la preservación de las tradiciones indígenas en Villa Juárez. 
Ana María Cruz, una voz para los migrantes en Villa Juárez
Desde niña, Ana María estuvo vinculada con la Danza de los Diablos y la Danza de los rubios, expresión cultural de la Mixteca que su familia llevó a los campos agrícolas y colonias de la sindicatura.
La educación tampoco fue un camino sencillo. Después de concluir la primaria, tuvo que interrumpir sus estudios por el machismo, y usos y costumbres que prevalecían en aquella época.
“Había un pequeño mito ahí erróneo que impidió que yo siguiera estudiando, pero al fin de cuentas, mis ganas y mi lucha de seguir estudiando no terminaron ahí”, cuenta.
Se incorporó al trabajo agrícola como jornalera, pero posteriormente encontró una oportunidad para cursar la secundaria abierta. Trabajaba por las mañanas y asistía a clases por las tardes. 
Después continuó con la preparatoria en el CBTA 261, y años más tarde, ya de adulta estudió la Licenciatura en Derecho en Culiacán.
Durante esa etapa también fortaleció su formación en danza en la Misión cultural de la sindicatura, y participó en actividades culturales, mientras trabajaba para sostener sus estudios.
Una vocación que nació entre jornaleros
La preocupación por los demás comenzó desde su propia familia. Su padre promovió la organización de trabajadores indígenas y la creación del Frente Indígena Jornalera Sinaloense, además de impulsar la idea de contar con un albergue para recibir a los jornaleros migrantes que llegaban a Villa Juárez.
“Desde ese entonces me nació lo que es el tema de seguir ayudando a las personas”, señala.
Con el paso de los años, su labor se extendió a las personas en situación de calle. Ha buscado localizar a familiares de personas extraviadas o abandonadas y ayudarlas a regresar a sus lugares de origen. 
Para ello creó la página “Ayúdame a regresar, estoy en Villa Juárez Navolato”, una iniciativa que también ha sido documentada por Tus Buenas Noticias como parte de su trabajo altruista para reconectar personas en situación de calle con sus familias.
“No juzgarnos porque andan así”, dice al explicar que detrás de una persona en situación de calle puede existir una historia de violencia, abandono, hambre, pérdida o enfermedad.
De promotora comunitaria a regidora indígena
Su trayectoria social la llevó a trabajar en el Ayuntamiento de Navolato como empleada en la atención de Grupos Vulnerables y, actualmente, a ocupar el cargo de regidora indígena durante el periodo 2024-2027, además de presidir las comisiones de Asuntos Indígenas de Comunidades y de Derechos Humanos y Grupos Vulnerables. 
Desde el Cabildo busca que los pueblos originarios participen en las decisiones que les afectan y que sus necesidades sean escuchadas directamente en las comunidades.
“Ya no queremos estar detrás de alguien, queremos estar al frente”, afirma.
Para Ana María, la representación política no debe convertirse en un beneficio personal, sino en una herramienta para dejar condiciones que permanezcan más allá de su periodo.
“Si puedo dejar un reglamento, una orden, un Cabildo donde se respete a los pueblos, aunque yo no me encuentre ahí, es un gran avance”, sostiene.
El orgullo de sus raíces
Ana María es madre de tres hijos, Luis Ángel, Ana Isabel y Marco Antonio, a quienes procura transmitirles las tradiciones heredadas de sus padres.
“Nosotros tenemos que heredar una cultura, un uso y costumbre. Así como a mí me la dejaron, yo también la voy a dejar”, expresa.
Reconoce que no habla una lengua indígena, algo que considera consecuencia, entre otros factores, del racismo y la discriminación, pero asegura que buscará aprenderla.
Hoy, desde la función pública y el trabajo comunitario, mantiene la misma convicción con la que creció: ayudar, organizar y abrir oportunidades.
Para ella, Villa Juárez es una comunidad pluricultural que todavía tiene mucho por construir, pero que ha comenzado a levantar la voz. 
Su mensaje para la sociedad es sencillo: reconocer y respetar a quienes llegan a Sinaloa a trabajar, especialmente a los jornaleros indígenas.
“Somos del pueblo y del pueblo nos debemos”, resume.
La historia de Ana María Cruz Carrasco es, finalmente, la de una mujer que convirtió las dificultades de su propia vida en una razón para luchar por los demás: por la cultura que heredó, por los pueblos originarios que representa y por las personas vulnerables que, como ella misma dice, necesitan que alguien no las deje en el abandono.
Ana María está convencida que mientras sus raíces sigan latiendo en Villa Juárez, continuará sembrando esperanza, defendiendo sus raíces y dejando en cada nueva generación una herencia hecha de orgullo, cultura y amor por su pueblo.












