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Culiacán, Sinaloa.- La casa guarda todavía la esencia de aquella familia que alguna vez la llenó de voces, carreras y árboles frutales. Hay espacios amplios, jardines y una arquitectura que parece conversar con el exterior. Es el refugio de las memorias de Germán Benítez Cebada, pionero de la arquitectura moderna en Culiacán.
Aquí crecieron siete hijos de Germán Benítez y Olga Jaquelina Ojeda Gurrola, y en sus habitaciones también crecieron varias generaciones de una familia que, con el tiempo, entendió que la vivienda era algo más que un hogar, es también parte de la historia de Culiacán.

A finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, cuando la ciudad empezaba a cambiar impulsada por el crecimiento agrícola y la construcción de nuevas infraestructuras, Germán Benítez fue uno de los arquitectos que ayudaron a imaginar esa transformación.
Hoy, su hija María Argelia Benítez Ojeda y sus nietos Jorge y Germán Miller Benítez abren las puertas de la residencia familiar a Tus Buenas Noticias para recordar al hombre que, junto con otros arquitectos llegados del centro del país, introdujo una nueva manera de construir y de vivir.
Un arquitecto que llegó para quedarse
Originario de El Palmar de Bravo, Puebla, Benítez estudió en la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del Instituto Politécnico Nacional, en la Ciudad de México.
Llegó a Sinaloa en la década de 1940, para trabajar en el proyecto del Cine Avenida, hoy Hotel San Marcos. En esa época Culiacán comenzaba a vivir una etapa de crecimiento vinculada con la agricultura industrial, la presa Sanalona y nuevas obras de infraestructura.

El arquitecto Benítez no llegó solo. Con él arribó una generación de arquitectos que cambiaría la imagen urbana de la capital sinaloense.
El investigador Ricardo Mendoza Anguiano lo ubica como uno de los pioneros de la arquitectura moderna de Culiacán. Junto con Francisco Artigas y Fernando Best, Benítez introdujo el funcionalismo y el racionalismo arquitectónico durante los años cuarenta.
Pero su mayor aportación no consistió simplemente en traer un estilo desde la Ciudad de México. Benítez lo hizo sinaloense.
La geometría limpia, las líneas rectas y la distribución funcional se combinaron con grandes ventanales, balcones, parasoles, jardines y espacios abiertos que responden al clima de Culiacán.
Servando Rojo Quintero, director del INAH en Sinaloa, ha señalado que aquella generación consiguió incorporar la modernidad sin romper completamente con la arquitectura tradicional. Elementos como los portales fueron reinterpretados dentro de un lenguaje nuevo.

La colonia Chapultepec como proyecto de ciudad
Uno de los capítulos más importantes de esa transformación está relacionado con la colonia Chapultepec.
Benítez participó, junto con otros socios y constructores, en el desarrollo de esta zona residencial, pensado no solamente como un conjunto de terrenos, sino como una nueva forma de habitar.
La idea era ofrecer vivienda, urbanización y, en algunos casos, incluso el proyecto arquitectónico. Así comenzaron a levantarse casas para familias de agricultores, comerciantes y empresarios que formaban parte de la nueva sociedad culichi.
La colonia se convirtió en uno de los escenarios donde la arquitectura moderna encontró terreno fértil para crecer. Y la casa de la familia Benítez, en la colonia Gabriel Leyva, fue una de ellas.
Una casa que creció con la familia
Cuando se construyó, la residencia de la familia Benítez Ojeda era mucho más pequeña. La familia fue creciendo y la vivienda tuvo que hacerlo también.
María Argelia recuerda que las ampliaciones fueron diseñadas para que casi no pudiera distinguirse dónde terminaba la casa original y dónde comenzaban las nuevas áreas.
Llegaron a vivir siete hijos en ella. Los espacios, sin embargo, parecían multiplicarse: los niños corrían por los techos, jugaban en el jardín y convertían la huerta en territorio de aventuras.
Había naranjos, mandarinos, guayabos, mangos y aguacates, reflejo de la pasión por la botánica que compartía con Carlos Murillo Depraect, amigo y fundador del Jardín Botánico.
Aquella relación entre arquitectura, vegetación y clima no era accidental.
Germán Miller explica que la casa puede entenderse como una vivienda bioclimática: abierta, vinculada con el jardín y pensada por su abuelo para aprovechar las condiciones naturales de Culiacán.
Antes de que la ciudad modificara profundamente el entorno de los ríos, aquella vivienda se encontraba prácticamente entre ellos. La arquitectura y la naturaleza formaban parte de un mismo proyecto.

Más de 500 obras y una ciudad que cambió
La producción profesional de Benítez está documentada principalmente entre 1942 y 1972. Su archivo familiar conserva planos, fotografías, permisos, cartas, croquis y otros documentos que permiten reconstruir buena parte de aquella etapa.
Su obra superó las 500 construcciones, de acuerdo con la familia.
Entre ellas estuvieron viviendas, comercios y edificios públicos. Diseñó la antigua Central Camionera de Culiacán, construida en 1966; participó en proyectos como la iglesia del Carmen, la Lonja y el edificio Echevarría, además de obras en Los Mochis y otras ciudades.
Algunas de aquellas construcciones desaparecieron. Otras fueron modificadas. Algunas permanecen. Cada una, sin embargo, cuenta una parte de la historia de una ciudad que dejó atrás poco a poco sus construcciones tradicionales para convertirse en una capital moderna.

La arquitectura como memoria
Germán Benítez murió en Culiacán el 11 de julio de 1987. Su nieto Jorge apenas tenía un año. No pudo conocerlo, pero creció escuchando hablar de él.
Para los nietos, la herencia no está únicamente en los planos o en las edificaciones. Está también en la manera de entender los espacios.
Jorge, abogado interesado en urbanismo, considera que las casas construidas durante aquella época representan un patrimonio que todavía está pendiente de ser reconocido y protegido.
Germán, dedicado a la construcción, recuerda sobre todo la sensación de libertad que experimentó en aquella casa.
Ambos coinciden en algo: no basta con conservar edificios por nostalgia. Hay que entender lo que representan. Porque aquellas viviendas cuentan cómo vivía una generación, qué aspiraba a construir y cómo una ciudad comenzó a imaginarse diferente.
La familia conserva un archivo con parte de la obra de Benítez y mantiene abierta la posibilidad de que, en el futuro, la residencia pueda convertirse en un espacio más accesible para quienes estudian y valoran la arquitectura de Culiacán.
Por ahora, sigue siendo un lugar familiar. Una casa donde todavía se reúnen los hijos, nietos y bisnietos. Una casa que nació como proyecto arquitectónico y terminó convirtiéndose en memoria.
Quizá ese sea uno de los mayores legados de Germán Benítez Cebada: haber entendido que construir una ciudad no significa solamente levantar edificios. También significa crear espacios donde las personas puedan encontrarse, crecer y sentirse parte de un lugar.
Y casi ocho décadas después, su arquitectura todavía tiene algo que decirle a Culiacán sobre el futuro.































