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Cuando el sol de septiembre cae sobre la sindicatura de Quilá, miles de peregrinos de Culiacán, de otros municipios de Sinaloa, de estados vecinos e incluso de distintas regiones del país, convergen en un mismo punto: el santuario de Nuestra Señora de Quilá.
No llegan solo a orar. Llegan a tocar con las manos una historia que sus propios abuelos y generaciones atrás ayudaron a levantar piedra por piedra.
Los cimientos de la historia que sigue viva
El cronista Nicandro Favela Bañuelos, guardián de la memoria de Quilá y San Lorenzo, ha dedicado buena parte de su obra a documentar ese vínculo. Según relata, el templo comenzó a levantarse a mediados del siglo XIX, impulsado por el entonces párroco José de Jesús María Uriarte y Pérez
Y fue el sacerdote arquitecto Miguel Lacarra quien completó el diseño y la construcción hacia 1863, con la mano de obra y las aportaciones económicas de los propios habitantes del pueblo. No fue una obra encargada desde fuera, sino que más bien fue, literalmente, un templo edificado por Quilá para Quilá.
Sus nombres al paso de los años
Esa raíz explica por qué el majestuoso santuario de la Villa de Quilá ocupa un lugar tan particular en la geografía religiosa de la diócesis de Culiacán.
Nació con el nombre de Limpia Concepción, después fue bautizado Nuestra Señora de Loreto y, en 1963, a cien años de su construcción, el primer obispo de la diócesis, don Lino Aguirre García, le dio finalmente el nombre que hoy lo distingue en todo el noroeste de México: Nuestra Señora de Quilá.
Es, según coinciden cronistas e historiadores locales, el único santuario de toda la diócesis que lleva el nombre propio del pueblo que lo alberga. Ningún otro pueblo de la región, ni del país u otro continente puede decir lo mismo. Esa singularidad se ha convertido en una fuente de identidad que trasciende lo religioso.
Más que solo un templo religioso
Cada 2 de febrero, día de la Candelaria, y cada 8 de septiembre, con su tradicional novenario y las confirmaciones que se celebran hasta hoy, Quilá se transforma en un punto de encuentro para miles de familias sinaloenses y visitantes de otros estados.
Basta recorrer la sindicatura durante el novenario para ver placas de otros estados del país, prueba de que la fama del santuario cruza fronteras.
El azul y blanco de la imagen, los mismos colores que generaciones de niños quilenses han visto de la mano de sus madres, siguen siendo el hilo que conecta a quienes se fueron del pueblo con quienes se quedaron.
Para los pobladores de Quilá, el templo no es solamente un edificio religioso; es la prueba tangible de que un pueblo pequeño, con esfuerzo propio, fue capaz de construir algo que hoy convoca a un estado entero y que forma parte del patrimonio cultural de México.









