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Hay negocios que venden cosas, y hay otros que, sin proponérselo, terminan guardando una parte de la historia de una ciudad.
Tanamachi pertenece a los segundos.
Detrás de su mostrador hay hilos, botones, cierres y artículos que quizá para las nuevas generaciones parecen pequeños objetos sin mayor importancia, pero que durante décadas fueron parte de la vida cotidiana de las familias de Culiacán.
Ahí se compraba lo necesario para coser una prenda, reparar una mochila, cambiar un cierre, hacer una manualidad o resolver alguno de esos pequeños problemas domésticos que antes se solucionaban con aguja, hilo y un poco de paciencia.
Más que un negocio, un legado familiar

Pero también ahí está la historia de una familia.
La de los Tanamachi.
La mercería comenzó en 1951, cuando Pedro Tanamachi Cota decidió abrir su propio negocio. El primer local estuvo por la calle Rubí, entre Escobedo y Juárez. Permaneció alrededor de una década en ese sitio y después se trasladó al lugar donde actualmente continúa la tradición familiar.
Pedro había nacido en Culiacán, hijo de un hombre japonés que llegó a México y aquí formó su familia.
Con él comenzó una historia comercial que durante muchos años estuvo ligada al movimiento del centro de la ciudad y al intercambio de mercancías por buena parte del noroeste del país.
Al negocio se incorporaron también sus hermanos, Carlos y Manuel.
Y aquello que comenzó como una mercería fue creciendo.
En aquellos años Tanamachi no era solamente un establecimiento al que acudían las personas de Culiacán.
Los inicios de la expansión en la ciudad

La mercancía viajaba.
Llegaba hasta Nogales y también se enviaba hacia La Paz. El negocio tuvo una etapa de expansión importante y llegó a contar con siete establecimientos.
Era otra ciudad y era otra manera de hacer comercio.
No existía la facilidad de pedir prácticamente cualquier cosa desde un teléfono. Las distancias tenían otro significado y los comerciantes tenían que mantener relaciones, buscar mercancía, transportarla y conocer muy bien las necesidades de sus clientes.
En medio de ese movimiento estaba la familia Tanamachi.
Y también estaba Micaela, la esposa de Pedro.
Ella no solamente acompañaba a su marido en el negocio. Trabajaba.
Durante años se encargó de forrar botones y hebillas, un trabajo que en aquel tiempo tenía mucha demanda. También atendía el mostrador y formaba parte de la operación diaria de la mercería.
Mientras Pedro llevaba adelante el negocio, Micaela hacía su parte detrás del mostrador.
Así se construyen muchas historias familiares que nunca aparecen en los grandes registros comerciales: trabajando juntos, aprendiendo desde pequeños y haciendo que el negocio funcione un día después de otro.
La vida familiar transcurría en la mercería

Jorge Tanamachi creció prácticamente ahí, vivían a la vuelta del negocio, por eso para él la mercería no fue un lugar al que llegó de adulto.
Fue parte de su infancia. Ahí jugaba, ahí creció, ahí comenzó a ayudar desde niño.
“Yo nací aquí prácticamente”, recuerda.
Conoce el negocio desde antes de saber que algún día sería suyo.
Sin embargo, su vida tomó otro camino.
Estudió medicina y se convirtió en médico familiar. Ejerció durante años y llegó el momento de jubilarse.
Pero antes de eso tuvo que tomar una decisión.
Hace aproximadamente cuatro décadas, el negocio familiar estuvo cerca de cerrar.
Pedro había fallecido joven y el seguimiento quedó principalmente en manos de su hermano Carlos, con el apoyo de Manuel y de Micaela.
La continuidad de Tanamachi no estaba asegurada, entonces Jorge decidió quedarse.
Alguien le cuestionó que no supiera del negocio. Él tenía una respuesta sencilla.
¿Cómo no iba a saber?, había nacido ahí, había crecido ahí, había trabajado ahí desde niño.
Y así, mientras su profesión estaba en la medicina, también comenzó a hacerse cargo de la mercería.
No fue una transición sencilla.
Durante un tiempo tuvo que combinar las dos actividades.
Por las mañanas estaba en Tanamachi. Después acudía a realizar labores relacionadas con su profesión y regresaba al negocio.
Hubo días en que terminaba de trabajar hasta la madrugada.
La medicina y la mercería convivieron en su vida durante un largo periodo.
Hasta que finalmente llegó la jubilación y Tanamachi se convirtió en el espacio al que regresó de tiempo completo.
Un legado que se lleva en el corazón

Hoy, cuando habla del negocio, no lo hace como quien presume una empresa.
Habla de un legado.
“Es un honor y un orgullo”, dice sobre haber podido mantenerlo.
Porque también sabe que las cosas han cambiado mucho.
Hubo un tiempo en que Tanamachi era mucho más que una mercería.
En sus distintas áreas se encontraban artículos de papelería, juguetería y otros productos. Llegaron a vender instrumentos musicales, aparatos electrónicos, guitarras y baterías.
Prácticamente se podía encontrar de todo. La juguetería desapareció, la papelería dejó de ser parte de la actividad principal, el mayoreo fue disminuyendo.
Las mercancías que antes viajaban grandes distancias comenzaron a llegar con mayor facilidad a otros comercios y las fábricas y distribuidores modificaron sus formas de trabajar.
Las nuevas vías de comunicación hicieron más sencillo pedir mercancía desde otras ciudades.
Y después llegó internet. La manera de comprar volvió a cambiar, las manualidades, también.
Jorge recuerda que en otros tiempos había alrededor de 60 personas que tejían.
Era común que las familias supieran coser, tejer, reparar prendas o transformar alguna pieza de ropa.
Hoy muchas de esas habilidades se han ido perdiendo.
No porque hayan dejado de existir las personas que las practican, sino porque las nuevas generaciones crecieron con otras herramientas y otras formas de resolver las cosas.
“Ya no conocen ni qué es un cierre”, comenta entre risas.
Mucho menos cómo colocarlo.
A pesar de los cambios, siguen llegando en busca de productos

Y, sin embargo, todavía hay quien entra a Tanamachi buscando precisamente eso.
Un cierre, un botón, un hilo, una pieza que no se encuentra fácilmente en otro lugar.
A veces también llegan para preguntar cómo se utiliza algo.
Y entonces el negocio vuelve a cumplir una función que va más allá de vender. Orientar, explicar y ayudar a resolver.
La historia de Tanamachi también es la historia de un cambio en Culiacán.
El comercio del centro ya no es el mismo, los productos ya no llegan de la misma manera, las personas ya no compran igual.
Y los oficios relacionados con la costura y las manualidades tampoco ocupan el mismo lugar que antes.
Pero hay algo que permanece.
La necesidad de encontrar ese objeto específico que no se puede sustituir fácilmente.
Por eso una mercería tradicional todavía tiene un lugar.
Porque mientras haya alguien que necesite reparar una prenda, cambiar un cierre, buscar un botón especial o encontrar un hilo determinado, habrá una razón para entrar.
Lo que no se encuentra en las mercerías comunes, se encuentra en Tanamachi

Tanamachi se ha ido adaptando a ese nuevo escenario.
De aquel negocio que vendía grandes cantidades de mercancía para otras ciudades quedó una mercería especializada.
Ya no pretende ser todo, se concentró en aquello que le dio origen, la mercería.
Y ahí continúa Jorge.
Entre cajas, estantes y productos que han acompañado a varias generaciones.
No porque sea un negocio que esté viviendo su mejor momento económico.
De hecho, él mismo lo dice con una sinceridad que resulta poco común cuando se habla de un comercio con más de siete décadas de historia.
No es un negocio para hacerse rico, es otra cosa, está ahí porque hay un legado que cuidar, porque están las trabajadoras, porque hay que pagar los sueldos, porque todavía hay clientes.
Y porque, después de tantos años, cerrar las puertas también significaría terminar una historia que comenzó mucho antes que él.
Con el cambio de los tiempos, Tanamachi ha tenido que adaptarse

Jorge no se presenta como un gran empresario, es médico jubilado y comerciante por herencia, por decisión y también por cariño.
Su manera de hablar del negocio deja claro que conoce sus limitaciones.
Sabe que la mercería ya no tiene el movimiento de décadas atrás.
Sabe que las nuevas generaciones compran de otra manera.
Sabe que la competencia de productos importados modificó el mercado y que muchas marcas nacionales que antes eran reconocidas por su calidad fueron desplazadas.
Recuerda, por ejemplo, las antiguas tijeras que durante años fueron reconocidas en México y que hoy compiten con productos fabricados en otros países.
Para él, esa transformación es una de las razones por las que muchos productos nacionales dejaron de tener el mismo espacio.
Pero no habla desde el enojo, habla desde la experiencia de alguien que ha visto pasar el cambio frente a sus ojos y quizá por eso Tanamachi tiene hoy un valor distinto.
Mantener un negocio tradicional, no es sencillo en estos tiempos

Ya no se trata solamente de cuánto vende, se trata de cuánto tiempo ha permanecido.
Jorge tuvo hijas, pero ellas hicieron su propia vida lejos de México.
La tradición familiar, por ahora, no continuará por esa vía.
Otros establecimientos de la familia Tanamachi siguen en manos de sus sobrinos, cada rama tomó su propio camino.
Él eligió quedarse con el centro.
Y lo hizo aun sabiendo que mantener un comercio tradicional en estos tiempos no es sencillo.
Podría haber cerrado, podría haberse dedicado exclusivamente a disfrutar de su jubilación, pero sigue llegando, sigue atendiendo, sigue comprando mercancía, sigue revisando qué hace falta, y sigue conversando con quienes entran.
Hay algo de juego en eso, reconoce, una manera de mantenerse ocupado, de tener algo que hacer, de convivir con las muchachas que trabajan ahí, de mantenerse activo.
Y, si al final del año queda algo, quizá sirve para visitar a sus hijas, hacer un viaje o darse algún gusto.
No hay una gran fortuna detrás del mostrador, hay trabajo, hay historia, hay una familia y hay un hombre que decidió no dejar caer aquello que recibió de su padre.
Reconocimiento y amor por su padre

En algún momento de la conversación, Jorge busca fotografías, quiere mostrar a su padre.
Porque una historia familiar no está completa cuando solamente se habla del presente, también están los rostros de quienes comenzaron todo.
Pedro Tanamachi, Micaela, los hermanos, la familia.
Los recuerdos de una época en la que ser de ascendencia japonesa en Culiacán tampoco era sencillo.
Jorge recuerda que, cuando era niño, él y otros compañeros de origen japonés fueron objeto de burlas en la escuela.
La Segunda Guerra Mundial todavía estaba demasiado cerca en el tiempo.
El conflicto entre Japón y otros países había dejado heridas y prejuicios que alcanzaron incluso a niños que habían nacido en Culiacán y que no tenían ninguna relación con aquella guerra.
Jorge aprendió a vivir también con esa parte de su historia familiar.
Hoy lo cuenta sin dramatizarlo, como un recuerdo de otra época, porque su historia no está en Japón. Está aquí. En Culiacán. En el centro.
Recuerdos familiares que aún se conservan
En el negocio que abrió su padre en 1951, en las fotografías familiares que todavía conserva.
En los objetos que siguen esperando detrás del mostrador y en ese apellido que durante 75 años ha estado ligado al comercio de esta ciudad.
Setenta y cinco años son mucho tiempo para cualquier negocio.
Pero quizá lo más importante de Tanamachi no sea que haya sobrevivido desde 1951.
Lo verdaderamente significativo es todo lo que tuvo que cambiar para poder seguir aquí.
Pasó de vender mercancía al mayoreo para buena parte del noroeste a concentrarse en la venta de artículos de mercería.
Pasó de una época en la que las personas tejían y cosían con frecuencia a otra en la que muchas de esas habilidades dejaron de transmitirse.
Pasó de vender juguetes, papelería e instrumentos musicales a especializarse nuevamente en aquello con lo que comenzó.
Y pasó de una generación familiar a otra. Primero Pedro, después sus hermanos, luego Jorge.
Ahora, mientras los demás miembros de la familia siguen sus propios caminos, él continúa detrás del mostrador.
Quizá por eso entrar a Tanamachi es encontrarse con algo más que una tienda antigua.
Es encontrarse con una forma de hacer comercio que todavía resiste, una en la que el cliente pregunta y alguien responde.
En la que una persona llega buscando un botón y termina contando para qué lo necesita.
En la que todavía importa saber qué producto sirve para qué cosa.
Y en la que el tiempo se puede medir no solamente por los años que lleva abierto un negocio, sino por las generaciones que han cruzado su puerta.
Jorge sabe que algún día la historia tendrá que terminar, pero mientras eso ocurre, él seguirá ahí.
No por una gran fortuna, no por el dinero, sino porque todavía hay cosas buenas que conservar.
Un oficio, un apellido, la memoria de su padre, el trabajo de su madre.
Y un pequeño espacio en el centro de Culiacán donde, desde 1951, todavía es posible encontrar un hilo que conduce directamente hacia una parte de la historia de esta ciudad.



























