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A María de los Ángeles González le dicen Mary. Quizá porque así, corto y sencillo, se siente más cercana la mujer que cada día abre la ventana de su casa para saber si ya llegó algún cliente.
Frente a Mi Plaza Barrancos, por la calle Jeovanny Zamudio, lleva más de un año vendiendo elotes. Pero su historia comenzó mucho antes, cuando junto a su esposo Rafael aprendió que trabajar también podía ser una forma de acompañarse.
Un trabajo que le cambió la vida

Durante cerca de 20 años hicieron tamales de elote, puerco, picadillo, queso, Philadelphia y piña. Los preparaban en casa y los vendían afuera, como una actividad familiar que compartieron durante muchos años.
Rafael era contador público y trabajó en distintos lugares. Después llegó una enfermedad renal que cambió su vida. Pasó por diálisis, hemodiálisis y finalmente recibió un trasplante. Vivió 20 años con ese trasplante, pero nunca perdió las ganas de trabajar.
En 2019 Rafael falleció.
Mary no se quedó quieta.
Dos meses después comenzó nuevamente a preparar tamales mientras esperaba que llegara su pensión. Más adelante encontró trabajo en un puesto de elotes y, cuando aquel espacio dejó de funcionar, tomó una decisión: si eso era lo que sabía hacer y además le gustaba, buscaría la manera de continuar por su cuenta.
Y así nació su actual venta.
Un nuevo negocio, una forma de vivir

Ahora prepara bolsas de grano de elote de un kilo, a 90 pesos, y de kilo y medio, a 120. También vende elote entero y recibe pedidos grandes. Hay clientes que le encargan hasta 20 kilos y le avisan con anticipación para que todo esté listo.
Los pedidos pueden hacerse al 667 996 4057.
Mary trabaja prácticamente sola. A veces uno de sus hijos le ayuda a desquichar el elote, pero la mayor parte del tiempo es ella quien prepara, atiende y entrega.
Lo hace, además, con unas manos que llevan las marcas del trabajo y con artritis, pero que no han perdido el movimiento.
“Me gusta hacer esto”, dice con humildad para Tus Buenas Noticias.
Y hay algo curioso: durante mucho tiempo padeció dolores fuertes de espalda. Desde que comenzó a trabajar con los elotes, asegura que incluso ese dolor disminuyó.
En estos días de septiembre cumplirá 60 años. Tiene cuatro hijos, cada uno ya haciendo su propia vida, y ella continúa encontrando razones para levantarse, preparar sus productos y salir a vender.
Mary no le puso un nombre especial a su negocio. Tampoco necesita un gran anuncio. Sus clientes saben dónde encontrarla y ella sabe que, mientras haya alguien que llegue por una bolsa de elote, habrá una razón para abrir la ventana y seguir trabajando.
Quizá por eso su puesto cuenta una historia que va mucho más allá de un antojo.
Es la historia de una mujer que perdió a su compañero de tantos años, pero no perdió las ganas de hacer algo con sus propias manos.
Y cada día, entre elotes, bolsas y clientes, Mary sigue construyendo esa nueva etapa de su vida.



















