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Culiacán, Sinaloa.- A sus 60 años, Jesús Édgar Ríos Ovalle tiene claro que retirarse del trabajo no significa quedarse quieto. Sus días comienzan temprano, incluyen caminatas, tareas en casa y, sobre todo, tiempo entre plantas, tierra y árboles que él mismo ha sembrado en el parque del fraccionamiento Nakayama, al sur de Culiacán.
Originario de la Cofradía de la Loma, Navolato, Édgar llegó a Culiacán para estudiar Arquitectura, pero circunstancias personales lo llevaron a cambiar de rumbo. Se inscribió en Psicología y se tituló en 1992.

Poco después comenzó una trayectoria de más de tres décadas en el ámbito educativo, principalmente en el Conalep Juan de Dios Bátiz, conocido como Culiacán 1, donde desempeñó distintas responsabilidades administrativas y académicas.
Una profesión aplicada al servicio
En sus primeros años estuvo al frente de la oficina de Evaluación y Seguimiento, donde atendía asuntos relacionados con servicio social, prácticas profesionales, bolsa de trabajo, seguimiento de egresados y titulación.
Más adelante participó en Extensión Educativa y en el área académica, donde intervenía en la selección de docentes, elaboración de horarios, asignación de cargas laborales y atención a profesores, estudiantes y padres de familia.
Aunque no ejerció la Psicología clínica, su formación estuvo presente en buena parte de su trabajo.
Para Édgar, comprender la conducta humana y desarrollar sensibilidad hacia las personas fue una herramienta para relacionarse con la comunidad educativa y buscar que las cosas funcionaran.
Después de jubilarse en 2023, reconoce que extraña esa convivencia cotidiana y, sobre todo, la posibilidad de servir a estudiantes, profesores y familias. Pero también aprendió que cada etapa de la vida implica adaptarse a nuevas circunstancias.
Treinta años viendo crecer a Nakayama
Édgar llegó al fraccionamiento Nakayama en 1995, cuando el fraccionamiento apenas comenzaba a crecer.
Recuerda calles sin pavimentar, poca infraestructura, escasa vigilancia y terrenos todavía cubiertos de monte. Para hacer las compras era necesario desplazarse hasta zonas que hoy forman parte de la vida cotidiana del sur de Culiacán.
“Un botón, una aguja o un tornillo tenía que ir hasta el centro a comprarlo”, recuerda al describir aquellos primeros años.
Ante la falta de vigilancia, los propios vecinos organizaban rondines nocturnos para proteger sus viviendas. Con el tiempo llegaron nuevos servicios, comercios, rutas de transporte y vialidades que transformaron la zona. También cambió el parque.
Cuando Édgar llegó, aquel espacio era prácticamente un terreno llano. Algunos árboles de eucalipto eran de los pocos elementos que había. Los vecinos comenzaron a plantar y poco a poco el lugar adquirió otra apariencia.
Las plantas: una herencia de su mamá
Su afición por la jardinería no nació en el sector Nakayama. Viene de la infancia. Su mamá disfrutaba cultivar flores y mantener un pequeño jardín en la casa familiar de la Cofradía de la Loma. Édgar recuerda haberla ayudado a limpiar, regar y cuidar las plantas.
Aquella experiencia permaneció con él durante décadas.
Hoy muchas de las plantas que cuida en el parque provienen de injertos, semillas o ejemplares que encuentra y rescata. Algunas se las han regalado vecinos; otras las reproduce él mismo en bolsas antes de llevarlas al jardín. Ha plantado bugambilias, orégano, palmas y distintas especies ornamentales.
No siempre compra las plantas. Muchas veces las encuentra abandonadas, las recupera y les da una segunda oportunidad. Para él, además de embellecer el entorno, los árboles y plantas aportan sombra, ayudan a filtrar el polvo y hacen más agradable el espacio común.
Mantenerse activo después de jubilarse
El cuidado del parque se convirtió en una de sus actividades habituales, pero no es la única.
Édgar también dedica tiempo a su casa. Después de jubilarse se enfocó en mejorar su hogar. Durante aproximadamente año y medio trabajó junto con un albañil y realizó buena parte de las labores.
Sabe de albañilería, plomería, electricidad y soldadura. Durante años realizó trabajos adicionales para obtener ingresos extra y resolver necesidades familiares.
Ahora, además, comenzó a caminar por las mañanas. Se levanta temprano para acompañar a su hija a tomar el transporte y aprovecha para realizar entre 30 y 40 minutos de ejercicio. “Procuro siempre estar activo”, resume.
Entre las plantas, las reparaciones de la casa, las caminatas y las tareas cotidianas que comparte con su esposa, Édgar encontró una manera de darle estructura a sus días.
Cuidar un jardín también es cuidar la memoria
Cuando habla de las plantas, inevitablemente vuelve a su infancia y a su mamá.
Cada nuevo brote le recuerda aquella casa humilde donde ella mantenía su jardín y donde él aprendió que cuidar una planta requiere paciencia, atención y constancia.
Ahora esa enseñanza forma parte de su vida en Nakayama.
Después de más de 30 años de trabajo, Édgar ya no tiene horarios de oficina ni una agenda llena de pendientes laborales. Tiene, en cambio, tiempo para caminar, trabajar con sus manos, convivir con su familia y seguir plantando.
En un parque que ayudó a transformar desde sus primeros años como vecino, continúa dejando algo que puede permanecer mucho después de que termine una jornada: árboles, sombra y un espacio más habitable para quienes vienen detrás.














