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El Rodeo, Cosalá. — Santiago Nieblas García perdió la vista hace tres décadas, pero no permitió que la oscuridad le arrebatara la posibilidad de trabajar. En sus manos encontró una nueva forma de mirar y, con ellas, mantiene vivo un oficio que aprendió de su padre y que hoy lo convierte en el último artesano de hamacas de ixtle en Cosalá.
“Una discapacidad no es pretexto para rendirte, es motivo para reinventarte. Yo no veo, pero desarrollé otras habilidades: mis manos aprendieron a mirar”, expresa.
A sus 52 años, Santiago lleva cuatro décadas dedicado al tejido de hamacas. Comenzó a los 12 años, cuando observaba e imitaba a su padre, quien también ejerció este oficio durante 40 años. Aprendió a reconocer el hilo, los nudos y los patrones hasta dominar una técnica que hoy desarrolla prácticamente con el tacto.

La historia de Santiago Nieblas García y su oficio
En su taller, “Hamacas Artesanales El Chago”, ubicado en El Rodeo, el telar de madera se convierte en una extensión de sus manos. Cada movimiento es preciso: anuda, tensa y recorre el hilo hasta darle forma a una hamaca completamente artesanal.
Santiago recuerda que anteriormente había más personas dedicadas a trabajar el ixtle en la comunidad. Algunos elaboraban morrales y otros productos artesanales, pero con el paso de los años ese conocimiento fue desapareciendo.
“Ya fallecieron… y ahora yo soy el único que queda”, señala.
Cada hamaca requiere un proceso que comienza mucho antes de llegar al telar. Primero prepara los hilos, los corta, los tiñe, los deja secar y posteriormente los recoge para comenzar el tejido. Una pieza grande requiere normalmente entre cuatro y cinco bolas de hilo de un kilogramo cada una.
El tejido puede realizarse en un día, pero todo el proceso puede extenderse hasta cuatro días. Al final, agrega las motas que dan el acabado característico a cada pieza.
“Es mucho trabajo”, resume.

El proceso de elaboración de hamacas de ixtle
Para Santiago, la temporada de lluvias representa uno de los principales obstáculos. La humedad afecta el hilo debido a la anilina utilizada para teñirlo, pues contiene sal. Cuando el ambiente se humedece, el material deja de correr con facilidad y debe jalarlo en cada puntada.
“Se puede tejer, pero es muy difícil, porque uno tiene que ir jalando el hilo a cada puntada y no corre, porque está húmedo”, explica.
Incluso cuando solamente se nubla, el material comienza a resentir la humedad.
“Solamente con que se nuble, ya el hilo, ya haga de cuenta que lo acaba de pintar, se reviene por la sal”.
Por eso, Santiago se anticipa a las lluvias y prepara varias hamacas durante los meses en que las condiciones son favorables.
“Siempre hago muchas antes de que llueva para estar prevenido”.
Durante tres o cuatro meses puede permanecer prácticamente sin utilizar el telar. Es una pausa obligada para un artesano cuyo trabajo depende tanto de sus manos como del clima.

Desafíos del clima en la producción de hamacas
Santiago no puede distinguir los colores. Un rojo y un azul son iguales para sus ojos, pero eso no le impide elaborar piezas coloridas o personalizadas. ¿Cómo sabe que una pintura quedó bien?
“La textura me lo dice”, responde.
El tacto se convirtió en su principal herramienta. Sus manos reconocen el grosor de las fibras, siguen los patrones y determinan dónde debe quedar cada nudo.
Sus hamacas pueden soportar a dos personas y algunas incluso han llegado hasta Estados Unidos. También ha recibido pedidos personalizados, entre ellos piezas con los colores de la bandera de México.
Las ventas llegan principalmente por redes sociales o directamente en su taller. Trabaja sobre pedido, aunque también conserva algunas piezas disponibles.
Aprender a vivir sin la vista
La pérdida de la vista no ocurrió de un día para otro. Santiago nació con miopía y a los 17 años fue diagnosticado con glaucoma. A pesar de los tratamientos y de dos cirugías, la enfermedad continuó avanzando hasta dejarlo sin visión.
“Era muy agresivo… y poco a poco dejé de ver”, recuerda.
La adaptación ha sido una de las etapas más difíciles de su vida. Reconoce que todavía existen días complicados y momentos de desánimo.
“No es nada fácil. Yo pasé por eso y sigo pasando. Tengo altas y bajas”, admite.
Pero el trabajo se convirtió en una de sus principales formas de mantenerse activo.
“Hay que estar activos. Si no tengo qué hacer, me deprimo”.
Por eso, cuando el clima lo permite, regresa al telar. El sonido de la madera y el movimiento de sus manos recuperan un ritmo que conoce desde hace 40 años.

Sembrar para el futuro
Además de las hamacas, Santiago encontró en el campo otra manera de mantenerse activo y generar una posibilidad de ingreso. En una parcela cercana cultiva alrededor de 800 plantas de cítricos, entre limones, toronjas y limas. Aunque no puede ver el terreno, lo recorre guiándose por la memoria de sus pasos.
“Ya conozco el caminito”, dice.
Las plantas todavía son jóvenes, pero espera que en el futuro produzcan frutos y representen una nueva fuente de ingresos para él.
Un artesano que vale la pena conocer
En El Rodeo, una comunidad ubicada a aproximadamente 5 kilómetros de Cosalá, Santiago continúa trabajando con la misma paciencia con la que aprendió el oficio de su padre. Quienes deseen conocer su trabajo, adquirir una de sus hamacas o simplemente acercarse a conocer esta tradición artesanal pueden encontrarlo sobre la calle principal de El Rodeo, donde se encuentra su taller “Hamacas Artesanales El Chago”.
Su ubicación permite que visitantes y habitantes de Cosalá puedan llegar fácilmente hasta su espacio de trabajo y conocer de cerca el proceso artesanal que existe detrás de cada hamaca.










