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Culiacán, Sinaloa.- En el hogar de Christian y Angélica, las plantas cuentan una historia que va mucho más allá de las hojas, las flores y los árboles que poco a poco han ido ocupando su jardín.
Cada una representa paciencia, cuidado y una manera que encontró esta familia para seguir adelante.
La familia vive en Valle Alto Verde, donde su jardín se ha llenado de árboles y plantas que ellos mismos propagan, cuidan y, en muchos casos, regalan.
Hace alrededor de dos años, la jardinería comenzó a ocupar un lugar especial en su vida. Christian y Angélica atravesaban momentos emocionalmente difíciles y descubrieron que cuidar una planta y celebrar cada nuevo brote podía convertirse en una forma de encontrar calma.
“Cuidar una planta, verla crecer, nos daba mucha enseñanza de los cambios”, menciona Christian.

Un jardín que nació del amor y la paciencia
Christian y Angélica son padres de Bruno, de 7 años, y Ángel, de 16. Su vida familiar les ha enseñado a reconocer los procesos, tener paciencia y valorar cada pequeño avance.
Para Christian, la jardinería se convirtió en un espacio para respirar y desconectarse por un momento de las preocupaciones cotidianas.
“Ha sido muy terapéutico, hemos pasado por muchas cosas muy fuertes y el jardín ha sido como una forma de salir adelante y tener paciencia”, comparte.
Christian cuenta con formación y experiencia profesional relacionada con los trastornos del espectro autista y el acompañamiento de familias.
Durante la pandemia decidió dejar su actividad profesional para dedicarse al cuidado de sus hijos, Bruno y Ángel, ambos diagnosticados con trastorno del espectro autista, quienes requieren apoyos específicos en su aprendizaje y desarrollo.
Con el tiempo, comenzó a compartir parte de sus experiencias mediante conferencias y libros. Recientemente publicó su segundo libro sobre discapacidad y el duelo que puede acompañar este proceso.
Entre las responsabilidades familiares y los retos del día a día, él encontró en las plantas una actividad que le permitía concentrarse en algo sencillo: preparar la tierra, sembrar, podar y esperar.
Incluso hay días en los que se levanta alrededor de las 5:30 de la mañana para trabajar en el jardín antes de comenzar sus actividades, pues para él se ha convertido en su momento de relajación al iniciar cada día.
Pero este amor por la naturaleza no comenzó solo de él.
Mientras que por el lado de Angélica, las plantas fueron una forma de honrar a un legado familiar que viene desde Mazatlán y que coordina con su vida cotidiana y su trabajo como pediatra.
La relación de Angélica con las plantas viene desde su infancia y está profundamente ligada a sus abuelos. Ella recuerda especialmente a su abuela, quien tenía una facilidad especial para hacer crecer las plantas:
“Semilla que tiraba a la tierra, se daba”, recuerda.

Plantas que también llegan a otras familias
Con el crecimiento del jardín llegaron también las ganas de compartir, por lo que Christian y Angélica comenzaron a propagar diferentes especies a partir de semillas y, poco a poco, vecinos y otras personas conocieron su trabajo.
Así nació el pequeño vivero familiar y no lo consideran un negocio, ya que todas las plantas se regalan, intercambian o donan, dependiendo de las circunstancias y las necesidades de quienes se acercan.
En una ocasión, donaron varias plantas para apoyar a una amiga que necesitaba reunir recursos para realizar un viaje médico con su hijo. También han entregado alrededor de 40 árboles a personas de Carbonera, para que fueran plantados en terrenos que recientemente habían adquirido.
Y el intercambio muchas veces ocurre de manera espontánea. Alguien recibe una planta y después regresa con limones, sandías, pan recién hecho u otro producto para compartir.
Es, como ellos mismos lo describen, una especie de trueque a la antigua, nacido simplemente de las ganas de ayudarse.
“Es bonito que haya vecinos que nos platican, se emocionan con su plantita, consideran su arbolito y dicen que lo van a cuidar”, cuenta Angélica.
Además de regalar plantas, la pareja orienta a quienes desean sembrar sobre las especies y cuidados adecuados para el clima de Culiacán.
En su vivero hacen crecer guayacán morado, ayoyote, ceiba, venadillo, ébano, naranjita, noni, anacardo, uva de playa, flor de mayo, almendro y moringa, entre otras, incluyendo algunas especies consideradas en peligro de extinción.

Su prioridad son los árboles regionales y resistentes, y es que para ellos ver su entorno verde es importante:
“Necesitamos más árboles en este mundo porque ya tenemos mucho concreto”, añade Christian
Para Christian y Angélica, plantar un árbol es pensar también en el futuro:
“Es bonito sentarte bajo un árbol, sentir lo fresco, escuchar los pájaros”, expresa Christian.
Y quizá ahí está la esencia de lo que han construido: un jardín que comenzó como refugio familiar y que terminó convirtiéndose en una forma de compartir.
Porque para esta familia, hacer crecer una planta también es una manera de acompañar la vida, honrar las enseñanzas recibidas desde la infancia y dejar un poquito más de verde en el camino.
Lo que un día comenzó como un refugio para Christian y Angélica hoy también florece fuera de casa. Cada planta que comparten lleva un poco de la paciencia, el cariño y la esperanza que han aprendido en familia.
Y mientras ellos siguen cuidando su jardín, otras manos reciben esas pequeñas raíces para hacerlas crecer en comunidad.

Algunas de las plantas que encuentras
- Guayacán morado
- Ayoyote
- Siricote
- Ceiba
- Venadillo
- Ébano
- Naranjita
- Noni
- Anacardo
- Uva de playa
- Flor de mayo
- Almendro
- Moringa

















