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Culiacán, Sinaloa.- Griselda Francisca Sicairos Sánchez tenía claro desde la primaria lo que quería ser cuando fuera grande: maestra. La admiración por una de sus docentes, a quien recuerda con cariño como “Eloisita”, despertó una vocación que ha mantenido a lo largo de su vida.
Hoy, cea sus 60 años, Griselda está por cumplir 26 años de trayectoria docente. Trabaja en el Jardín de Niños Mercedes González de Acosta, en el fraccionamiento Los Ángeles, en Culiacán, donde ha encontrado en el cariño de sus alumnos una de las mayores satisfacciones de su profesión.
“Lo que más disfruto son los niños, que me apapachen, que me busquen. Eso es lo que más me gusta”, comparte para Tus Buenas Noticias.

Su camino hasta llegar a este plantel estuvo marcado por años de espera, traslados a comunidades rurales y el esfuerzo por mantenerse frente a grupo, incluso cuando las condiciones laborales no eran sencillas.
Diez años de espera para obtener una plaza
Originaria de Culiacán, Griselda estudió la Licenciatura en Educación Preescolar en la Escuela Normal de Sinaloa. Al egresar, en 1990, comenzó una etapa de interinatos que se prolongó durante una década, hasta que en el año 2000 obtuvo su plaza.
Durante parte de ese tiempo trabajó en el Jardín de Niños Helen Keller, donde incluso hubo ciclos escolares en los que los padres de familia le pagaban una cuota para que atendiera al grupo de una maestra que se encontraba enferma.
Después vinieron distintos destinos: la colonia Buenavista, comunidades de Sinaloa municipio, Guamúchil y localidades de Angostura. En algunos lugares debía conseguir “aventones” para llegar a la escuela y regresar a casa.
En Cruz Blanca, Guasave, por ejemplo, se trasladaba como podía, incluso en motocicletas o en vehículos funerarios, con tal de cumplir con su trabajo, recuerda con nostalgia.
“Como todo maestro, pues rancheamos”, dice al recordar aquellos años, en los que la distancia y las dificultades para transportarse formaron parte de su rutina.
El respaldo de su esposo, Rafael Octavio Contreras Sánchez, fue fundamental para sostener esa dinámica familiar. Mientras ella salía desde muy temprano, él la llevaba hasta los puntos donde podía continuar su recorrido y después se encargaba de atender a sus hijos, con el apoyo de la familia.

El cariño por sus alumnos, una motivación diaria
En 2006, aproximadamente, llegó a Navolato, donde trabajó en el campo pesquero de Las Aguamitas. Sin embargo, los traslados diarios volvieron a representar una dificultad.
Con el apoyo de un compañero del gremio, el profesor Mateo, consiguió un cambio que finalmente la llevó al fraccionamiento Los Ángeles, donde permanece desde hace alrededor de 16 o 17 años.
En este plantel ha acompañado a distintas generaciones de niños durante sus primeros años escolares. Algunos han regresado cuando ya son adultos, incluso con sus propios hijos, para saludarla y preguntarle si los recuerda.
“Cuando me dicen: ‘Maestra, ¿no se acuerda de mí?’, a veces ya no los reconozco físicamente. Han pasado tantos años y tantas generaciones”, cuenta.
Esos encuentros le permiten reconocer la huella que puede dejar una maestra más allá del salón de clases.
Una experiencia que le enseñó el valor de incluir
Entre las experiencias que más recuerda está la de una niña con discapacidad auditiva que conoció cuando trabajaba en Cruz Blanca, Guasave. La pequeña no asistía regularmente al preescolar porque sus padres enfrentaban dificultades para integrarla a la dinámica escolar.
Griselda habló con la madre y la invitó a llevarla al plantel. Aunque no tenía formación especializada en educación especial, decidió buscar la manera de apoyarla.
También conversó con los demás niños para explicarles que su compañera necesitaba comprensión y ayuda, y que todos podían contribuir a que se sintiera parte del grupo.
La experiencia implicó retos, pero la niña logró cursar su educación preescolar y fue aceptada por sus compañeros.
Para Griselda, aquella vivencia representa una de las satisfacciones más importantes de su carrera: comprobar que la disposición para aprender, escuchar y acompañar puede abrir oportunidades para un niño o niña.
Educar para que niñas y niños sean autónomos
A la experiencia frente a grupo se suma una carga administrativa que, asegura, ha aumentado con los años. El papeleo consume parte del tiempo que preferiría dedicar a sus alumnos, aunque sigue encontrando en ellos la motivación para continuar.
Madre de tres hijos, de 33, 24 y 20 años, Griselda ha combinado su trabajo con la vida familiar. Sus hijos eligieron otros caminos profesionales: uno estudió Agronomía, otro Química y el menor se desempeña en el área administrativa.
A dos años de alcanzar el tiempo de servicio que contempla para su retiro, todavía tiene claro qué quiere hacer mientras permanezca en las aulas: seguir enseñando y aportar algo significativo a la vida de los pequeños.
A quienes consideran estudiar para convertirse en docentes, les recomienda valorar las exigencias de la profesión y, sobre todo, tener vocación.
“Si tienen las ganas, la formación y la vocación de ser maestros, qué bueno, adelante”, aconseja.
Para ella, educar no consiste únicamente en enseñar contenidos. También implica ayudar a que los niños aprendan a defenderse, pensar por sí mismos, reflexionar, desarrollar un criterio propio y ganar independencia. Pero el trabajo de la escuela necesita el respaldo de los padres para avanzar, añade.
Con casi tres décadas ejerciendo la docencia, Griselda mantiene la convicción que nació cuando admiraba a su maestra de primaria: enseñar es acompañar a los niños en una etapa decisiva de sus vidas, con paciencia, empatía y la disposición de ayudarlos a descubrir lo que pueden llegar a ser.












