¿Quieres resumir esta nota?
G. Leyva Solano, Guasave, Sin. - Hay personas que hacen de su oficio una forma de ganarse la vida y otras que, con los años, terminan convirtiéndolo en parte de una sociedad que busca identidad; lo que hace Felipe de Jesús Castro Pérez pertenece a este segundo grupo.
Cada mañana, llueva, truene o relampaguee, Felipe llega dispuesto a trabajar. A las siete de la mañana se traslada desde la colonia 24 de Febrero a la comisaría de Leyva Solano y se instala en la emblemática plazuela del pueblo. Ahí, desde hace más de 25 años, se ha mantenido como el único bolero de la comunidad y varios poblados cercanos.
Sus manos no solo sacan brillo, también transforman artesanalmente. Repara desde huaraches, zapatos, zapatillas y tenis hasta cinturones de piel. Aprendió desde muy chico a cambiar suelas, colocar tacones, coser algunas fracturas del calzado y con ello recuperar todos aquellos pares que sus dueños quieren seguir usando. 
Un oficio que se ha construido con constancia
Felipe ha visto pasar generaciones mientras permanece detrás de la banca de cajón y sus herramientas. Su labor lo ha llevado a ganarse la confianza de habitantes de la 24 de Febrero, Ejido Batamote, Las Presitas, Ejido Figueroa, Las Parritas, Huitusito y otras comunidades cercanas.
Hay clientes que dejan sus zapatos y tardan días o semanas en regresar por ellos. Felipe lo cuenta con una sonrisa en su rostro, aceptando este comportamiento inusual porque sabe que detrás de ese detalle hay algo más que un par de zapatos olvidados: hay confianza.
Antes de convertirse en el bolero de referencia en Leyva Solano, también trabajó con los boleros de Los Portales del mercado municipal en Guasave. Conoció personas, aprendió otros oficios y siguió buscando la manera de salir adelante. 
Felipe no se queda quieto
Su historia de lucha diaria no termina en el brillo de unas botas; también cuenta con una cuadrilla de meseros de contrato y los ocupa en eventos privados de ciudades como Guasave, Los Mochis, Juan José Ríos y otras comunidades aledañas.
Pero entre un trabajo y otro también canta. Guarda canciones en su teléfono, ensaya y se anima a cantar, aunque reconoce que hacerlo frente a otras personas le da nervios.
La realidad es que quizás ahí está una de las lecciones más sencillas de su historia:
Felipe no espera a que la vida le dé un solo camino, busca otro diferente, aprende otro oficio, prueba algo diferente y vuelve a intentarlo.
A 25 años de distancia, continúa usando sus herramientas, esperando a que alguien llegue con un par de zapatos. Sus manos han trabajado mucho, pero también han construido algo que es simple y no se repara: la confianza de una comunidad que sabe dónde encontrar a Felipe cuando lo necesite.









