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En Quilá, donde la fe y la tradición se unen cada febrero en torno a la Virgen de la Candelaria, hay un taller en una modesta casa donde la tela se convierte en sueño. Ahí trabaja Juan Carlos Bobadilla López, de 35 años, a quien todos conocen como “Carlos Boba” o “el profe Boba”.
Es modista, maestro de español en la secundaria e instructor de corte y confección y diseño de moda. Y es, además, el único varón que ejerce este oficio en el pueblo, una singularidad que él lleva con naturalidad y orgullo.
Así nació “Boba”
Su historia empieza en casa, con su mamá, Asunción López Torres, quien cosía para la familia. Verla trabajar sembró en él la inquietud que lo llevó a estudiar costura en Culiacán, y a concluir su formación en la ciudad de Guadalajara.
De regreso en Culiacán, estudió Comunicación en la U de O y, ahí, entre compañeros, descubrió que su talento ya tenía clientela: los amigos le pedían pantalones y camisas.

De aquellos encargos entre amigos pasó a las pasarelas. Organizó desfiles de moda en Culiacán, Quilá y Los Mochis, y en el Septiembre Mágico reunió en una pasarela a diseñadores de Culiacán y conocidos suyos en un evento grande.
Hoy confecciona vestidos de novia, de XV años y de niña, además de disfraces, uniformes y arreglos, y sus prendas han viajado a Phoenix, Ciudad de México, Tijuana, Dubai y París.
Sueño que se hizo realidad
Su obra más significativa fue vestir a la Virgen de la Candelaria. El padre Iván, párroco de Quilá, lo buscó para confeccionar dos vestidos, uno dorado para la imagen principal y otro rosa para la peregrina, la que recorre las comisarías.

Juan Carlos aceptó de inmediato, pero con una idea en mente, que el pueblo fuera parte de la obra. Lanzó una convocatoria para reunir donativos y respondieron familias de Quilá y de Estados Unidos, con aportaciones desde veinte pesos.
Todo se diseñó, trazó y confeccionó en su taller, junto con una colaboradora que lo apoyó, desde el ropón y la capa hasta el sombrero.
“Yo quise hacer partícipe al pueblo”, cuenta para Tus Buenas Noticias.
Por eso propuso colocar por dentro de los vestidos los nombres de las familias donantes, idea que al sacerdote le encantó. Así, cada prenda guarda, como un tesoro discreto, el nombre de quienes la hicieron posible.
Dedicatoria especial
Entre aquellos nombres hay uno muy especial, el de Asunción López Torres, su madre, quien fué catequista y de profunda devoción, fallecida hace unos nueve años.
“Yo se lo dediqué a mi mamá”, afirma.
Mientras cosía, le decía que ese vestido lo inspiraba porque ella lo había iniciado en este camino. Vestir a la imagen más querida de Quilá fue una experiencia que el diseñador jamás había imaginado. “Nunca me imaginé vestir a una virgen”, confiesa, aún con emoción.

Estaba nervioso, pero también orgulloso y feliz, y los mensajes de felicitación llegaron por redes sociales, incluso de familiares que viven en Estados Unidos. Su otra vocación La docencia, relató “Boba” a Tus Buenas Noticias, llegó casi por sorpresa.
Tras regresar de la Ciudad de México, donde trabajó en medios, aceptó un interinato de tres meses en el Cobaes local y, sin darse cuenta, se convirtió en siete años de docencia; hoy da clases en la secundaria.
Lejos de separar sus dos mundos, los ha fusionado. Coordinó concursos de vestidos. Su creación más recordada, inspirada en las leyendas de amazonas de Quilá, en el maíz y en la Virgen, se pintó de dorado y tenía una cola que se abría para mostrar la Feria de la Candelaria; obtuvo el segundo lugar estatal.

Su mirada apunta lejos
Hoy viste a las reinas del maíz de Quilá y de varias comisarías, y su meta es dar el salto a una reina de belleza y, algún día, a alguien cuyo nombre lo lleve a la televisión. Mientras tanto, celebra cada logro.
“Ya no soy simplemente un modista del pueblo”, dice a Tus Buenas Noticias, al saber que sus prendas llegan mucho más lejos que Quilá.
A quienes sueñan con dedicarse a la moda les deja un consejo. La costura, advierte, exige creatividad para resolver problemas cuando el diseño soñado debe volverse prenda, y exige también no postergar. Hace falta muchísima paciencia, ser minucioso y ordenado y, sobre todo, amar la moda.
Sabe que no siempre se acierta, porque ha tenido errores y devoluciones, que considera normales, pero se queda con lo bonito: “Aunque yo no tenga un supertaller, siempre se van contentos”.

La historia de Juan Carlos es motivo de orgullo y también una invitación, porque demuestra que el talento nacido en una comunidad pequeña puede crecer sin dejar de pertenecer a ella, que la tradición se enriquece cuando se comparte y que un oficio en el hogar puede terminar vistiendo la fe de todo un pueblo.
Joven todavía, con un taller propio, un aula donde formar nuevas generaciones y una larga lista de sueños por cumplir, el “profe Boba” sigue cosiendo, con paciencia y con corazón, una historia que apenas comienza.









