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Antes de que el sol caliente la carretera, Yolanda Judith Araujo Cruz ya lleva una hora de pie. Se levanta a las siete para preparar salsas y guacamole, lo que sus clientes comerán fresco, y a las ocho en punto abre su puesto en Culiacancito, contraesquina del Banco Bienestar, bajo la sombra de un árbol.
Es una rutina de trabajo que hace todos los días, de lunes a lunes, hasta las seis de la tarde en "Tacos de camarón Yoly", con el mismo amor y pasión que lo hace desde el primer día, y siempre con una sonrisa.

Sus preparaciones
En esta nueva etapa de emprendimiento lleva cinco meses con su negocio de comida, pero su sazón ya se reconoce. Por la mañana el fuerte son los tacos y las quesadillas de camarón; por la tarde, cuando el calor aprieta, se antojan el ceviche, el aguachile y el coco con camarón, su platillo estrella.
También vende agua de coco natural, que son pelados por su esposo y que ella misma embotella y muchas veces se agota antes de que termine el día. Yolanda vive en Bellavista y es mamá de tres: un joven de 16 años, una niña de 13 y un pequeño de siete.

Iniciando de nuevo
Su camino en el comercio no empezó aquí. Hace unos siete u ocho años ya vendía tacos de camarón y tenía buena clientela, pero un embarazo complicado la obligó a cerrar. Después llegó un puesto de verdura embolsada, junto a un amigo, y antes un negocio casero de nachos, tortas y esquites.
“A mí siempre me han gustado las ventas y me gusta mucho la cocina”, cuenta a Tus Buenas Noticias.
Aprendió sin escuelas, mirando y perfeccionando recetas. Su mamá, comerciante de pan, le heredó el gusto por vender; ella, en cambio, es quien cocina en casa y aporta esa sazón que ya la distingue en la familia y hoy por hpy comparte con su cliientela.
Emprender en la calle no ha sido sencillo por todo lo que ello representa pues hay que acarrear agua, lidiar con el polvo y el calor, y también el periodo de las vacaciones que se llevaron buena parte de la venta.
Aun así, Yolanda sigue firme con su negocio en el que la acompañan de planta su esposo y, algunos días, una tía, y los fines de semana llegan sus hijos a cobrar y empacar.

“Que sepan cómo se gana la vida”, dice, convencida de que el trabajo honrado es la mejor lección.
Tiene claro como es el negocio
Hay también una decisión que habla de sus valores: ha preferido no vender micheladas ni clamatos preparados, aunque se los piden. Su clientela es sobre todo familiar y quiere conservarla así.
Su secreto, asegura, no está en la publicidad: “La mayoría de nuestros clientes son recomendados”. Muchos llegaron por curiosidad y se quedaron por el sabor.
Mira hacia adelante con ilusión. Sueña con rentar algún día un local con aire acondicionado, “tener muchas mesas, tener muchos empleados”. Mientras tanto, invita a la gente a probar su comida. Los tres tacos por 100 pesos y el coco con camarón en 150 son buena excusa para conocerla.














