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Culiacán, Sinaloa.- En una modesta infraestructura de la colonia Buenos Aires, en Culiacán, un tatami se ha convertido en mucho más que el espacio donde niñas, niños y jóvenes aprenden karate. Es el punto de encuentro de una comunidad que busca acompañarlos en sus estudios, fortalecer su autoestima y ofrecerles una alternativa frente a los riesgos que enfrentan en entornos de vulnerabilidad.
Ahí trabaja Malala Academia IAP, una institución cuyo propósito es fortalecer la educación de niñas, niños y jóvenes de entre 6 y 17 años para contribuir a que permanezcan en la escuela y encuentren en el deporte una herramienta de formación. 
Ese trabajo, desarrollado durante más de una década, llevará a la organización sinaloense hasta la República de Corea en noviembre, donde recibirá el Premio Internacional IMC en Artes Marciales 2026, un reconocimiento que para Harry Alonso Gallegos Almaguer, procurador de fondos de Malala, representa la validación de un modelo construido durante años.
Pero detrás del premio hay una historia mucho más cercana: la de niños que llegan buscando aprender karate y terminan encontrando una comunidad que los acompaña en su crecimiento.
Un “hermano mayor” para las familias
En entrevista para Tus Buenas Noticias, Gallegos Almaguer explica que muchas familias llegan a Malala por recomendación de vecinos, familiares o padres de otros alumnos. La razón, señala, es que encuentran un espacio donde sus hijos pueden practicar deporte, convivir y recibir acompañamiento académico.
“Malala tiene un poco ese rol, o mucho”

Explica esto al comparar la institución con ese “hermano mayor” que en muchas familias ayuda a los niños con sus tareas y los acompaña en su formación.
El modelo establece una condición fundamental: los participantes deben estar inscritos en la escuela. Si algún niño ha abandonado sus estudios, Malala puede orientar a la familia para buscar su reincorporación, aunque su núcleo de atención se concentra en quienes permanecen dentro del sistema educativo.
Ahí en una modesta aula en la planta alta, la apuesta es que cada hora dedicada al entrenamiento también esté acompañada por una hora de orientación y apoyo para cumplir con las tareas escolares. 
Así, el karate deja de ser solamente una disciplina deportiva y se convierte en un incentivo para permanecer en las aulas.
Más de 3 mil niños han pasado por la Academia
En los años de funcionamiento de Malala Academia, más de 3 mil niñas, niños y jóvenes han pasado por sus programas. De acuerdo con Gallegos Almaguer, alrededor del 95 por ciento proviene de familias de muy escasos recursos.
Entre ellos se encuentran cerca de un centenar de jóvenes que han alcanzado el grado de cinta negra y que son considerados por la institución como casos de éxito. Algunos permanecieron seis, ocho años o más dentro del programa.
Otros llegaron hasta la universidad y, después de concluir su etapa como alumnos, decidieron regresar a Malala como maestros voluntarios para ayudar a las nuevas generaciones.
Para el procurador de fondos, esa decisión representa uno de los resultados más significativos del modelo: jóvenes que recibieron acompañamiento y oportunidades y que posteriormente buscan retribuir a la comunidad que los formó. 
Uno de esos ejemplos es Lia, una de las alumnas destacadas, quien ha obtenido medallas a nivel nacional y fue seleccionada para participar en los Juegos Nacionales Populares, donde representará a Sinaloa junto con otros compañeros.
El premio internacional valida el trabajo de Malala Academia en Sinaloa
El sentido humanista de Malala no termina en los niños. Las madres y los padres también forman parte de la comunidad. La institución cuenta con un comité de madres y padres que participa voluntariamente en diferentes actividades, desde la organización de posadas y celebraciones del Día del Niño hasta la preparación de alimentos, decoración y logística de los eventos.
Gallegos Almaguer destaca que incluso algunas familias aportan sus propios talentos y recursos para contribuir a las actividades de la Academia. Más que una relación entre beneficiarios y organización, la dinámica busca construir una comunidad alrededor de los niños.
“Entre más te involucras, mejor le va a los niños también”, señala.
Educación, alimentación y prevención
Aunque la educación constituye el núcleo de la misión de Malala, la institución ha buscado alianzas para atender otras necesidades que afectan el desarrollo de las familias. Un ejemplo es el convenio establecido con Cáritas, mediante el cual 60 familias de niños atendidos por Malala reciben una despensa quincenal. 
Gallegos explica que la alimentación no constituye propiamente el objeto social de la organización, pero representa un factor importante para el desarrollo de los niños, por lo que decidieron buscar un aliado que permitiera ofrecer este beneficio adicional.
La institución también desarrolla el programa “¿No pasa nada?”, enfocado en la prevención de las adicciones y otros riesgos que pueden afectar a niñas, niños y jóvenes. A través de testimonios de personas que han vivido procesos de adicción y recuperación, buscan generar conciencia sobre los riesgos y promover una mejor comprensión del problema dentro del entorno familiar y comunitario.
Voluntarios que alguna vez fueron alumnos
Una parte importante del trabajo cotidiano de Malala descansa en los voluntarios. La Academia cuenta con solamente tres personas en nómina, mientras que buena parte de las actividades son apoyadas por voluntarios y estudiantes universitarios que realizan su servicio social.
Entre ellos también están jóvenes que fueron alumnos de Malala y que, después de convertirse en cintas negras, regresan para impartir clases.
Otros voluntarios apoyan en materias como español, matemáticas y lectura, acompañando a los niños en sus actividades académicas. De esta manera, el modelo genera una cadena de apoyo en la que algunos de quienes recibieron ayuda terminan convirtiéndose en quienes acompañan a otros.
El premio internacional como nuevo reto
Para Harry Alonso Gallegos Almaguer, el Premio Internacional IMC en Artes Marciales 2026 representa una validación externa al trabajo que Malala ha desarrollado durante años. La distinción se suma a otros reconocimientos y procesos de evaluación, entre ellos el Premio a la Excelencia de la Junta de Asistencia Privada de Sinaloa y una evaluación de impacto realizada por Stanford. 
Más que quedarse con el significado simbólico del viaje a Corea, el procurador de fondos considera que el reconocimiento puede convertirse en una herramienta para fortalecer la institución y acercarla a nuevos donantes y aliados. El objetivo, dice, es aprovechar esa validación para que el modelo pueda llegar a más niñas, niños y jóvenes.
“Más que ir a Corea del Sur a recibir el premio”, explica, el desafío es regresar y aprovecharlo como un catalizador para que los beneficios lleguen a más personas.
Una oportunidad de éxito para cada niño
El tatami de aquella modesta instalación de la colonia Buenos Aires es, en ese sentido, solamente una parte de la historia. Ahí se forman karatecas, pero también se construyen hábitos, amistades, responsabilidades y proyectos de vida.
Ese círculo de acompañamiento es el rostro humano de Malala Academia: una institución que busca que el origen económico de un niño no determine hasta dónde puede llegar.










