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Cuando nos encontramos atrapados en un congestionamiento de las principales avenidas de la ciudad, la primera solución que parece lógica e inmediata es ampliar la calle, añadir un carril más o construir un paso a desnivel.
Desafortunadamente, durante décadas, las políticas de ingeniería de tránsito han operado bajo la premisa errónea de que aumentar la capacidad de las calles y elevar los límites de velocidad generará "fluidez vehicular".
Por esta razón, es urgente desmantelar este mito urbano y comprender que intentar resolver el tráfico agregando más infraestructura para el automóvil privado es equivalente a intentar apagar un incendio arrojándole gasolina. 
Para entender la invalidez técnica de esta “solución”, es necesario analizar el principio de la demanda inducida. Esto se debe a que, cuando la administración pública expande una calle con el objetivo de reducir el tiempo de traslado, lo que hace en realidad es reducir el "costo" de viajar en automóvil privado.
Al percibir un flujo temporalmente más ágil, personas que antes utilizaban el transporte público, la bicicleta o que elegían horarios distintos, deciden sumarse a la calle en su vehículo particular.
En este sentido, en un periodo relativamente corto de tiempo, el nuevo carril vuelve a saturarse por completo, regresando al punto de origen pero con un parque vehicular mucho mayor, mayor contaminación del aire y una red vial más costosa de mantener.
Asimismo, no podemos ignorar la consecuencia más grave y trágica de este modelo centrado en la velocidad que es el incremento de la siniestralidad y la mortalidad vial.
El impacto del diseño urbano en la seguridad vial
Por un lado, el diseño urbano enfocado en la "fluidez" construye calles anchas, con curvas abiertas y rectas prolongadas que envían una señal psicológica al conductor para acelerar.
Por otro lado, la física es contundente, a mayor velocidad, el campo visual del conductor se reduce drásticamente (el efecto túnel) y la distancia necesaria para detener el vehículo se multiplica.
Por lo tanto, cuando un automóvil circula a alta velocidad en un entorno urbano, cualquier imprevisto o distracción dista de ser un simple percance para convertirse en un siniestro mortal, donde las personas que caminan, los ciclistas y los usuarios de motocicletas pagan el precio más alto por el diseño urbano.
Consecuencias de la demanda inducida en el tráfico
Pero vamos por partes. Existen estrategias técnicas probadas internacionalmente bajo la filosofía de la Visión Cero y el Sistema Seguro que sustituyen la obsesión por la fluidez automotriz por la protección de la vida humana:
- Pacificación del tránsito y rediseño geométrico. Reducir el ancho de los carriles vehiculares y ajustar el radio de giro en las esquinas obliga de manera intuitiva a los conductores a disminuir la velocidad, generando entornos seguros para el cruce de peatones.
- Gestión de la velocidad. Implementar "Zonas 30" en sectores residenciales, comerciales y escolares, reconociendo que a 30 km/h la probabilidad de que un peatón sobreviva a un atropellamiento asciende al 90%.
- Priorización del transporte masivo e infraestructura activa. Reasignar el espacio que ocupan los motores privados para construir carriles exclusivos de autobuses y redes ciclistas protegidas, garantizando que más personas se desplacen en menos espacio.
En conclusión, continuar midiendo el éxito del desarrollo urbano a través de la velocidad de los automóviles es una postura obsoleta que perpetúa un ciclo de congestionamiento, segregación y muertes totalmente prevenibles.
Revertir esta lógica y priorizar el rediseño vial sobre la ilusión de la fluidez es, en última instancia, una decisión ética indispensable para lograr que nuestras calles dejen de ser un entorno hostil y se consoliden como espacios seguros, equitativos y verdaderamente habitables para toda la ciudadanía.
Autora: Gloria Morales. Ejecutiva de educación y comunicación de Mapasin.









