La frutería El Bandido: un negocio que nació del llanto de una niña y se volvió el sustento de toda una familia en Villa Juárez
La frutería El Bandido nació del deseo de una niña por ver más a su padre en casa y hoy es un negocio familiar consolidado en Villa Juárez, construido con trabajo, constancia y unión.

Lo que comenzó como la corazonada de una niña de ocho años que solo quería ver más a su papá en casa, hoy es uno de los negocios familiares más conocidos de Villa Juárez. La frutería El Bandido no nació de un plan empresarial ni de un crédito bancario, sino del amor familiar, la necesidad y el trabajo constante de Rogelio Alvarado Elenes y Yoana Azmín Moreno, junto a sus hijos Rogelio, Melisa y Dana Alvarado Moreno.
Durante gran parte de su vida, Rogelio se dedicó al transporte de jornaleros agrícolas. Su rutina era pesada y repetitiva: madrugadas eternas, regreso por la tarde, unas horas de sueño y nuevamente al volante.
“Salía en la madrugada y regresaba en la tarde. Dormía un rato y ya mis hijos no me veían, no convivía con ellos”, recuerda.
Cuando terminaba la zafra, alrededor de mayo o junio, buscaba ingresos adicionales trasladando familiares al Mercado de Abastos de Culiacán. 
Una corazonada infantil que cambió el rumbo familiar
Ese ritmo de vida comenzó a pesar en casa. Azmín recuerda que sus hijos eran pequeños y resentían la ausencia del padre.
“Se iba a la una o dos de la mañana y regresaba como a las tres de la tarde. Llegaba, se bañaba y se dormía. Cuando los niños se levantaban, él ya no estaba”, relata.
Fue entonces cuando Dana, la más pequeña y la más inquieta de los tres, empezó a insistir en que quería vender tomates para que su papá ya no tuviera que irse. La niña, que entonces tenía ocho años, pidió a su padre que le llevara una caja de tomates para vender.
Tenía 300 pesos ahorrados y la firme idea de ponerse a vender en el camellón del Boulevard de la “calle ancha”, frente a su casa. 
Rogelio dudó. Pensó que era una locura. Los días pasaron y la caja no llegó. Dana lloró y lloró hasta que un tío, al verla tan afligida, preguntó qué tenía la niña, al enterarse decidió venderle una caja de tomates que él llevaba encargada.
Del transporte de jornaleros a la venta de tomates
Ese día cambió la historia de la familia. Rogelio no quiso dejar sola a su hija y se quedó con ella en el camellón. Compraron bolsas y, en menos de media hora, vendieron toda la caja de tomates. Al día siguiente fueron dos cajas, luego tres, después cuatro y cinco cajas.
Luego empezaron a meter otras hortalizas. Para 2019, la venta era constante y el tomate nunca se quedaba.
“Ahí me di cuenta de que sí era negocio”, cuenta Rogelio.

Decidió dejar el transporte y quedarse a vender. Poco a poco, la gente comenzó a pedir más productos: cebolla, papa, plátano.
“Con un viejo Toyota, improvisaron el traslado desde el mercado. Las ganancias no se gastaban, se reinvertían. Todo se quedaba en el negocio”, comenta Azmín.
No fue fácil. Las autoridades les pidieron retirarse del camellón y la familia temió perderlo todo. Con el apoyo de un amigo que les prestó dinero, levantaron un tejabán y se movieron a un costado.
Esa presión, reconoce Rogelio, terminó por empujar el crecimiento formal del negocio. Con el tiempo llegaron los refrigeradores, la cremería, la salchichonería y los abarrotes. Hoy, El Bandido vende frutas y verduras, pero también carne, pollo, tilapia, camarón, jamón, chorizo, machaca y productos básicos para el hogar. 
El origen del nombre: “El Bandido”
El nombre del negocio también tiene su historia. Azmín explica que pensaron en ponerle el nombre de la niña que lo inició todo, pero Dana no quiso. Prefirió que llevara el apodo de su papá. Cuando Rogelio trabajaba en el camión llevando personal, vendía refrescos y frituras en el camión y siempre reclamaba a quienes no pagaban:
“No sean bandidos, paguen lo que deben”. El apodo se quedó y la niña decidió que así se llamaría la frutería: El Bandido.
Más allá de las ventas, la familia destaca el trato humano como una de las claves del éxito. Abren todos los días del año, desde temprano, y rara vez cierran. Azmín es quien abre el negocio y está pendiente del orden y la atención.
“La gente confía cuando sabe que siempre estamos aquí”, dice.
También comparten lo que tienen con quien lo necesita, desde fiar productos hasta apoyar a personas en situación vulnerable.
Rogelio, originario de una familia migrante del municipio de Badiraguato, asegura que siempre tuvo claro que la comida es un negocio seguro.
“Siempre hay hambre, siempre hay que comer, y la gente siempre tiene para comprar tortillas”, afirma.
Un negocio que nació del amor y se sostuvo con esfuerzo
Para la familia, El Bandido no es solo una frutería, es la prueba de que el esfuerzo diario rinde frutos.
El mensaje que comparten es claro: trabajar, ser constantes, no tener miedo a invertir y perseverar. Comenta que un amigo le dijo que suerte tuviste al encontrarte una mina de oro.
“No es solo suerte”, dice Rogelio. “Si no trabajas, la mina de oro se queda enterrada”.
A casi una década de distancia, Azmín reconoce que nunca imaginó llegar a donde están. “Si retrocedo diez años, ni en sueños pensé tener esto. Venimos de casas de adobe, de empezar desde cero en el pueblo de Nacaveba, en Sinaloa de Leyva.”
Hoy, la frutería El Bandido es el sustento familiar y el símbolo de una historia que comenzó con el llanto de una niña y se transformó en un ejemplo de trabajo y unión familiar en Villa Juárez.












