De la retroexcavadora al cacahuate tostado: la historia de Felipe Hernández en Villa Juárez
Del volante de la retroexcavadora al tambor tostador, Felipe Hernández encontró en el cacahuate una alternativa de trabajo familiar que hoy lo mantiene activo en la calle La Cincuenta de Villa Juárez, Navolato.

En la calle principal de Villa Juárez, Navolato, conocida como La Cincuenta, casi esquina con el emblemático puente amarillo, el aroma a cacahuate recién tostado anuncia el puesto de Luis Felipe Hernández Venegas, un trabajador que decidió cambiar el oficio de operador de maquinaria pesada por un emprendimiento familiar que hoy le da sustento y sentido de pertenencia.
Felipe, originario de La Barca, Jalisco, llegó a Sinaloa siendo niño, cuando su padre emigró por trabajo a los campos agrícolas de Villa Juárez. Creció entre labores del campo y, con los años, se dedicó por largo tiempo a operar retroexcavadoras y maquinaria pesada para obras del gobierno.
Años de trabajo en la maquinaria pesada
Sin embargo, el desgaste físico y el deseo de pasar más tiempo con su familia lo llevaron a buscar alternativas. Antes del cacahuate, intentó con una tortillería. Hizo una inversión considerable, pero el trabajo era excesivo y la rentabilidad mínima. 
Comenta Felipe que primero observó cómo estaba armado el horno tostador, con un barril metálico de 200 litros, y pronto se decidió a hacer el propio, para intentar la venta de cacahuates. Él mismo soldó las piezas.
“Compré el tambito y lo arreglé yo mismo, como pude, pero no lo trabajé hasta que hubo dinero para comprar cacahuate”, recuerda. Nunca antes había tostado cacahuate.
Al inicio, el cilindro funcionaba de manera manual, con una manivela que giraban entre él, su esposa Margarita Paredes y su hija. El cansancio era grande, pero las ventas respondieron. “Vendí y vendí bastante, ahí me di cuenta que el negocito sí jalaba”. 
Viajes a Mocorito y la sierra por el producto
Lo primero que compró fueron 800 kilos de cacahuate, traídos desde la comunidad serrana de El Limón, en el municipio de Mocorito, y después más de tonelada y media.
Conforme se acercaban fechas clave como Navidad y Año Nuevo, regresó por más cargamentos a comunidades como Cerro Agudo, y la Península de Villamoros, asegurándose de tener producto suficiente para la alta demanda.
Tres años de esfuerzo en la calle La Cincuenta
Hoy, Felipe se encarga del tostado, embolsado y venta directa en su puesto de la calle La Cincuenta, mientras que su esposa Margarita —originaria de Nayarit y a quien conoció trabajando en los campos agrícolas de Villa Juárez— atiende la tiendita que tienen en casa. Su hija también participa, con otro punto de venta que se surte del mismo cacahuate que él prepara. 
Con el tiempo, invirtió en una planta eléctrica para mover el cilindro tostador. Aunque el gasto en gasolina y gas LP eleva los costos, el sistema le permite mantener la calidad del producto.
El tostado a la vista, el aroma que atrae clientes
Felipe intentó primero tostar en casa, pero descubrió que a la gente le gusta ver el proceso.
“El olor atrae mucho”, dice.
Por eso decidió instalarse en la calle, donde el espectáculo del tostado se convierte en parte de la venta.
Más pesado que la maquinaria, pero con satisfacción
Lleva alrededor de tres años en este oficio. Reconoce que es un trabajo pesado, incluso más de lo que imaginaba cuando dejó la maquinaria. “Pensé que iba a ser menos cansado, y resultó más pesado”, comenta entre risas. Sus jornadas empiezan al amanecer y terminan al anochecer, por temas de seguridad. 
A pesar del esfuerzo, Felipe no se arrepiente. Ha encontrado en el cacahuate una forma honesta de trabajar en su comunidad, mantenerse cerca de su familia y salir adelante con un negocio que, aunque demandante, se ha convertido en el principal sustento del hogar.
Entre el calor del cilindro, el olor del tostado y el ir y venir de clientes, la historia de Felipe Hernández es la de muchos trabajadores que, con ingenio y constancia, reinventan su vida desde la calle, con sólo un tambor y un puño de cacahuates.












