Yoli, una mujer que atravesó la tormenta sin soltar la fe ni las ganas de salir adelante en Culiacán desde Bugambilias
Yolanda Salcedo tiene 35 años y habla con una serenidad que no viene de la calma, sino de la experiencia. No cuenta su historia desde el dolor, sino desde la gratitud


Culiacán, Sinaloa.- Yolanda Salcedo tiene 35 años y habla con una serenidad que no viene de la calma, sino de la experiencia. No cuenta su historia desde el dolor, sino desde la gratitud.
Yo no tengo nada malo que contar. Yo tengo puras cosas bonitas que contar”, dice, y en esa frase se resume su manera de mirar la vida. “Yo no cambiaría nada de lo que me pasó”.
Su camino como emprendedora comenzó en 2020, justo cuando la pandemia obligó a muchos a detenerse. Ella decidió avanzar.
Yo inicié aquí hace cinco años, justo cuando estaba bien fuerte la pandemia”, recuerda.
En ese momento perdió su empleo y entendió que no podía quedarse esperando. “Me quedé sin trabajo y dije: tengo que hacer algo para generar dinero”.
La idea de vender tamales sorprendió a más de uno.
Todo el mundo se quedaba como: ¿vas a vender tamales? Y yo decía: sí, ¿por qué no? No tiene nada de malo”, cuenta.
Para Yoli, el trabajo nunca ha sido motivo de vergüenza. “Yo siempre he sido muy independiente, nunca he estado atenida a nada”. El aprendizaje vino de casa. “Yo no sabía hacer tamales. Mi mamá fue la que me enseñó”.
Su madre lleva más de 13 años elaborándolos en un rancho fuera de Culiacán, desde que enviudó y tuvo que sacar adelante a siete hijos. Yoli la menciona con orgullo. “Ella soluciona cualquier situación. A mi mamá no se le cierra el mundo. Para nada”.
Un negocio que se sostiene con familia y trabajo
Con el tiempo, los tamales dejaron de ser solo una forma de ingreso y se convirtieron en un proyecto compartido.
Es un negocio 100% familiar: mi mamá, mis hermanas y yo. Aquí nadie carga sola”, dice.
El trabajo se reparte según los tiempos y las fuerzas. “A veces lo trabajo yo, a veces mi mamá, a veces una hermana. Así nos vamos apoyando”.
Emprender, para Yoli, ha sido también una escuela. “Nadie nos ha regalado nada. Todo ha sido a base de esfuerzo”, afirma. Recuerda que en algún momento decidió dejar la escuela para aventurarse y conocer otros caminos al irse a la frontera.
Dejé la escuela por irme a aventurar. No me pesa, porque me abrió los ojos”. Vivir fuera le enseñó que “empezar de cero en otro lugar te enseña que las cosas no son color de rosa” y que “no es lo mismo estar fuera que estar en tu tierra”.
Sobre su negocio, tiene ideas muy claras. “En un negocio es clave la calidad del producto y la atención”, asegura. A veces, incluso, se sorprende de lo que ha logrado. “A veces me cuesta creer que yo misma haya generado mi propio empleo”.
La vida incluso en tiempos difíciles
En 2025, su vida cambió para siempre con un diagnóstico médico que no esperaba. Aun así, Yoli eligió no detenerse.
Yo nunca me tiré en la cama a decir ‘ya no puedo’”, afirma. El proceso fue largo: 16 quimioterapias, una cirugía y radiaciones. “Iba a las quimios y llegaba a mi casa a barrer, a limpiar, a hacer algo”.
Habla de la enfermedad sin cargarla de peso. “Nunca me puse a pensar ‘lo tengo’. A veces hasta se me olvidaba”, confiesa.
Yo siempre decía: estoy bien”. Su actitud fue parte de su fortaleza. “Mi complemento fue Dios, los médicos, mi familia y mi actitud. Si uno de esos falla, todo se viene abajo”.
Durante ese tiempo, su familia sostuvo el negocio. “Mi mamá no me pudo ayudar con dinero, pero me ayudó trabajando, y eso fue todo”, dice con emoción. “Yo le estoy eternamente agradecida”.
En este camino, Yoli añade que su esposo, Raymundo Torres, ha sido una pieza fundamental, tanto para que el proyecto siga creciendo como para acompañarla en su proceso personal, siendo apoyo, presencia y fortaleza constante en este largo camino, donde él ha sido uno de sus más grandes soportes.
Aprender a agradecer y seguir
Hoy, Yoli habla de lo vivido con una perspectiva distinta, donde se da cuenta del valor de las cosas y la vida. Aprendió a vivir con más conciencia y menos prisa.
Yo no veo lo que me pasó como algo malo”, afirma. “Esto me enseñó a valorar muchas cosas que antes no veía”. Reconoce que algo cambió en ella. “Yo sí cambié, aunque me digan que no”.
Aunque ya concluyó la mayor parte de su tratamiento, aún está en proceso médico y a la espera de un último examen. Lo vive con tranquilidad. “Estoy en paz”, dice, convencida de que “nada fue casualidad, todo se acomodó”.
Hoy, Yoli continúa de pie también a través de su emprendimiento familiar. Desde hace cinco años, Tamales Yoli se ha convertido en un punto ya conocido en el sector Terranova, sobre la calle Andrea, donde ella se instala de lunes a sábado, aproximadamente de 12:30 del mediodía a 6 de la tarde.
Ahí ofrece tamales de distintos sabores, como elote, picadillo, piña, entre otros, con precios que van desde los 21 hasta los 25 pesos, sostenidos por el trabajo diario de toda su familia.
Para conocer el horario exacto del día, hacer pedidos o preguntar por disponibilidad, las personas pueden encontrarla en Facebook como Tamales Yoli o comunicarse directamente al 6673 54 62 11, donde ella misma atiende con la misma cercanía con la que ha construido su historia.
Su mensaje es sencillo y nace desde la experiencia. “El miedo siempre va a existir”, reconoce. “Pero uno tiene que arriesgarse, porque si no, nunca vas a saber”. Para Yoli, la vida se trata de seguir.
Todo se puede si uno tiene ganas de salir adelante” y de “echarle ganas hasta donde Dios te permita vivir”.
La historia de Yoli no es la de una mujer definida por la enfermedad, sino la de alguien que eligió vivir con gratitud, trabajar con dignidad y seguir de pie, incluso cuando el camino se volvió cuesta arriba. Sus tamales son el sustento de casa y el deleite del vecindario.









