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Culiacán, Sinaloa. - Los miércoles, la casa de María Luisa Morales Vega, en el fraccionamiento La Florida, se llena de un aroma que sus clientes ya conocen. Es el día de hornear.

Mamá Wicha a sus 93 años hornea recuerdos, familia y sabrosura en Culiacán
A sus 93 años, mantiene viva la tradición de preparar sus panquecitos con calma, amor y dedicación. Los acomoda cuidadosamente en un recipiente que lleva en su andadera y espera al jueves para salir de casa. Ese día camina una cuadra hasta el tianguis Laureles Pinos, conocido también como 21 de Marzo.
Ahí muchos ya saben quién es. “Mamá Wicha”, le dicen con cariño.
No solo la conocen por sus panquecitos, sino también por su sonrisa, sus historias y el entusiasmo con el que disfruta mantenerse activa. No busca producir grandes cantidades ni agotarse. Los prepara una vez por semana, a su propio ritmo y con precaución.
“Antes los hacía por necesidad, ahora lo hago por orgullo”, expresó la admirable mujer.

Para ella, miércoles y jueves tienen un significado especial. Uno es para preparar; el otro, para salir, encontrarse con sus clientes y disfrutar una rutina que espera cada semana.
“Cada semana espero los días miércoles y jueves porque me mantengo más ocupada en la elaboración de los panquecitos y luego salir a venderlos al tianguis”.
Y sus clientes también la esperan. Cuando alguna semana no prepara, le preguntan qué pasó.
Sus clientes ya la esperan. Cuando alguna semana no prepara sus panquecitos, enseguida preguntan por ella y quieren saber cuándo volverán a disfrutar de ese sabor que tanto les gusta.
“Si no hago una vez, luego me dicen mis clientes por qué no hice”.
La mayoría de las veces regresa a casa con el recipiente vacío.
“Gracias a Dios los vendo todos siempre, ya muchas personas me conocen”.

Un panquecito con mucha historia
Los moldes donde prepara sus panquecitos tienen una particularidad: son pequeñas cazuelitas de sardinas que consigue gracias a una amiga de Nayarit.
“Cuando voy me traigo varias o cuando mi amiga viene a Culiacán me trae”.
Ese sencillo detalle también habla de María Luisa. Durante toda su vida aprendió a aprovechar lo que tenía a la mano y a encontrar una manera de salir adelante.
Su camino comenzó mucho antes de convertirse en Mamá Wicha. Desde niña conoció las jornadas de trabajo y aprendió que cada día podía convertirse en una oportunidad para llevar algo a casa.
Recuerda a sus padres, Gabriel Morales y Concepción Vega de Morales. De su padre heredó el gusto por la cocina y la repostería. Gabriel era minero, pero también sabía preparar pan y otros productos.
“Hacía pan, cortadillo, cochitos empañados de colache. Fue mi mejor maestro”, reveló.

Junto a él conoció también el valor del esfuerzo. A los 14 años comenzó a ayudarlo en los terrenos donde actualmente se encuentra la colonia 21 de Marzo. Sembraban maíz, frijol, calabacita y pepino, productos que después salía a vender por las calles de Culiacán.
Más tarde vendió bledo en una carrucha y trabajó en una refresquería del Parque Revolución. “Toda mi vida he trabajado”, dice con orgullo.
Una madre que salió adelante. Cuando llegaron sus hijos, el trabajo adquirió un nuevo sentido. Mamá Wicha tuvo 12 embarazos. Ocho hijos lograron sobrevivir: Rigoberto, Héctor Raúl, Jaime, Luis Enrique, Sandra, Rebeca, Margarita y Rosa Evelia.
Para sacarlos adelante lavó y planchó ropa ajena. Hubo ocasiones en que caminaba hasta el río con una tina gigante llena de prendas y regresaba cuando ya había bajado el sol. “Llevaba a mis hijos chiquitos con una hermana para que me los cuidara y regresaba hasta que bajaba el sol”.
Aquellas jornadas dejaron huella en sus manos y, con los años, apareció la artritis. Sin embargo, la condición no consiguió apartarla de la cocina.
Entonces llegaron los pasteles. Durante más de 20 años preparó y decoró pasteles para vender. En fechas especiales, como el Día de las Madres, podía hacer hasta 15 grandes.
Aprendió a decorarlos con un libro que le regaló uno de sus hermanos y siguió sus instrucciones hasta dominar el oficio.

En esa etapa también recibió una muestra del esfuerzo compartido dentro de su propia familia. Sus hijos mayores, Rigoberto y Héctor, comenzaron a trabajar desde muy jóvenes en una farmacia.
Con parte de sus primeros ingresos ayudaron a comprar una estufa para su madre. En ella, Mamá Wicha preparó muchos de los pasteles que contribuyeron al sustento familiar.
“A los 14 años ya andaban en bicicleta entregando medicamentos. Me compraron una estufa para hornear mis pasteles”.
El esfuerzo de aquellos años se convirtió con el tiempo en una familia numerosa. Hoy tiene 59 nietos, más de 60 bisnietos y cinco tataranietos.
Cuando habla de ellos, su voz cambia. Pero si le preguntan cuál es su mayor riqueza, responde sin pensarlo:
“Mis hijos son mi mayor orgullo y mi mayor riqueza”.

Ellos también están orgullosos de ella. Por eso ahora procuran que descanse. Después de tantos años de trabajo, consideran que ya ha hecho suficiente.
Pero Mamá Wicha piensa diferente.
“Tengo buenos hijos, todos me ayudan. Hasta algunos nietos también me apoyan”.
Agradece ese respaldo, pero quiere conservar algo que considera muy suyo:
“A mí me gusta trabajar, no depender de nadie”.
Por eso los panquecitos son ahora mucho más que una venta. Son una actividad que le permite mantenerse ocupada, salir de casa, encontrarse con personas que ya la conocen y conservar una parte de la independencia que ha construido durante toda su vida.

Ya no necesita trabajar como lo hacía a los 20, 40 o 60 años. Ahora lo hace a otro ritmo, cuidando sus fuerzas y disfrutando cada jornada.
Todavía piensa en el siguiente negocio. La artritis le quitó la posibilidad de decorar pasteles como antes, pero no las ganas de emprender. Ahora tiene nuevas ideas. Quiere vender menudo o tortas.
“Estoy con la idea de vender menudo, porque aquí cerca nadie vende. También pienso preparar tortas; si vendo una, con eso ya es ganancia”.
Incluso cuando visita a una de sus hijas en Estados Unidos busca la manera de mantenerse ocupada. Ha preparado empanaditas para vender afuera de la casa. “No me gusta estar de más”.
Esa frase resume buena parte de su manera de entender la vida. Para Mamá Wicha, mantenerse activa no significa hacer grandes esfuerzos, sino conservar una razón para levantarse, preparar algo con sus manos y compartirlo con los demás.

Mamá Wicha, 93 años de sabor y trabajo
Los miércoles vuelve a encender el horno y prepara sus panquecitos. Cada uno lleva harina, tiempo y experiencia. Pero también una historia: la de aquella niña que aprendió a trabajar junto a su padre; la de la joven que sembró y vendió lo que cosechaba; la de la madre que hizo lo necesario para sacar adelante a sus hijos; y la de la mujer que encontró en la cocina una manera de sostener a su familia.
El jueves toma su andadera y camina una cuadra hasta el tianguis. Ahí la esperan sus clientes, quienes ya conocen su sonrisa, su manera de saludar y el sabor de aquello que prepara con sus propias manos.
Tal vez al regresar a casa el recipiente vuelva a estar vacío. Pero en sus manos quedará la satisfacción de haber hecho algo que todavía disfruta; en su rostro, la alegría de sentirse útil; y en su memoria, tantos años de una vida dedicada a sacar adelante a los suyos.
A sus más de nueve décadas de vida, Mamá Wicha todavía tiene algo que preparar, alguien a quien recibir y la ilusión de esperar un nuevo día.
Y mientras haya un miércoles en el calendario y fuerzas para llegar al jueves, ella seguirá horneando.

Porque después de una vida entera trabajando por su familia, ahora esos postres también son una forma de decirse a sí misma que todavía hay mucho por vivir.
Y cuando sus clientes reciben uno de esos panquecitos dorados y esponjosos, reciben también un pedacito de todo lo que María Luisa Morales Vega ha construido con sus manos.
Porque hay sabores que se disfrutan con el paladar, pero también se quedan en la memoria. Los de Mamá Wicha llevan 93 años de recuerdos, familia y mucha sabrosura.

























