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El sol de mediodía cae directo sobre Culiacán. El calor es intenso, cercano a los 45 grados centígrados, y Juan Carlos Leyva trabaja arriba de un andamio, con un pequeño sombrero para cubrirse la cabeza. Está concentrado en pintar cuando le pido unos minutos para conversar.
Amablemente, baja para atenderme. Nos quedamos de pie, en plena calle, bajo ese calor que obliga a buscar un poco de sombra. Él sonríe, responde a las preguntas y se muestra dispuesto a contar su historia. Así conozco a LeyvArt, el nombre con el que ahora muchas personas identifican su trabajo artístico.
Pero antes de ser el muralista que hoy pinta en distintos espacios de la ciudad, Carlos fue el joven que se sentó en una banqueta con una caja de gises de colores y la esperanza de conseguir dinero para pagar sus cuentas.
Su historia no comenzó frente a una gran pared ni con un proyecto artístico. Comenzó con una necesidad, una idea que había visto en otra ciudad y la decisión de no regresar a casa sintiendo que había fracasado.
Todo comenzó mirando dibujar a su hermano

Carlos tenía unos seis años cuando empezó a interesarse por el dibujo. Su hermano mayor, que entonces tenía alrededor de nueve o diez años, dibujaba muy bien. Él lo observaba hacerlo por entretenimiento, sin que su hermano intentara enseñarle.
Aquella imagen se le quedó grabada.
Por problemas familiares, ambos tuvieron que separarse y no crecieron juntos. Sin embargo, Carlos se aferró a una idea de niño: aprendería a dibujar para demostrarle a su hermano que él también podía hacerlo.
Practicó una y otra vez, hasta que dibujar dejó de ser un intento por parecerse a alguien y se convirtió en una habilidad propia.
Nunca pisó una escuela de arte. Fue aprendiendo por su cuenta, impulsado por la curiosidad y las ganas de mejorar. Su hermano tomó otro camino y se dedicó a la música, mientras Carlos encontró en el dibujo una forma de expresarse.
Con los años, aquella afición infantil terminaría convirtiéndose en su manera de ganarse la vida.
Con 100 pesos decidió quedarse en Culiacán

Carlos llegó a Culiacán a los 24 años. Venía de Sonora y traía un sueño: recorrer distintos lugares y dejar una pintura o un mural en cada rincón del mundo al que pudiera llegar.
En ese momento no sabía cómo lo conseguiría. De hecho, cuando llegó a la ciudad, no imaginaba que terminaría dedicándose al arte.
Estudió una carrera técnica dental y trabajó en una marisquería, pero el negocio cerró y se quedó sin empleo. Buscó otras oportunidades sin conseguir trabajo. Las cuentas seguían pendientes y el dinero se agotaba.
Hasta que un día se encontró con apenas 100 pesos en la bolsa.
Sentado en una banqueta del centro de Culiacán, tuvo que decidir qué hacer. Podía regresar a Sonora con su mamá, su papá y sus hermanos, o quedarse e intentar abrirse camino.
Entonces recordó algo que había visto durante su estancia en Tijuana: un artista que dibujaba sobre el suelo con gises de colores. Nunca había aprendido directamente de él, pero conservaba aquella imagen en la memoria.
Pensó que podía intentarlo

De los 100 pesos que tenía, gastó aproximadamente 75 en una caja de gises. Con el resto tendría que arreglárselas. No había garantías de que funcionara, pero al menos tenía una idea y estaba dispuesto a probarla.
Su primer dibujo fue un Iron Man pequeño, hecho sobre una banqueta frente a una tienda de ropa juvenil sobre Antonio Rosales esquina con Juan Carrasco.
Junto al dibujo puso una libreta con un mensaje para explicar que trabajaba para pagar sus estudios y sus gastos. Las personas que se detenían a mirar podían dejarle una aportación.
Algunos le decían que estaba muy bien hecho. Carlos recuerda que al principio sentía nervios, porque no sabía cómo reaccionaría la gente. Sin embargo, aquellos comentarios y las primeras monedas le dieron razones para continuar.
Lo que había comenzado como un intento por salir de un apuro se convirtió en una forma de trabajar.
Las banquetas fueron su escuela

Durante casi seis o siete años, las banquetas del centro de Culiacán fueron el lugar donde Carlos desarrolló su talento. Allí dibujaba personajes, practicaba y aprendía a observar la reacción de quienes se detenían frente a sus trabajos.
La calle también le enseñó que no todos iban a recibirlo de la misma manera.
Hubo personas que lo insultaron, le pidieron que se marchara y consideraron que dibujar sobre el suelo era vandalismo. Incluso llegó a tener problemas con la policía por su actividad.
Aun así, siguió.
En medio de esas experiencias, encontró personas que lo animaban a continuar. Para él, el apoyo de quienes se acercaban a reconocer su trabajo fue importante, sobre todo durante los días en que pensó en abandonar Culiacán.
Pero vivir de esa manera también tuvo un costo. Pasaba muchas horas trabajando en el suelo, comía mal y la incertidumbre económica formaba parte de su rutina. Con el tiempo comenzó a tener problemas de salud, particularmente en la cadera.
Carlos entendió que necesitaba cambiar. No quería dejar de dibujar; quería encontrar una manera de crecer y llevar su trabajo a otros espacios.
Así comenzó a alejarse de las banquetas que durante años habían sido su lugar de trabajo.
De los gises a los muros de Alturas del Sur

La oportunidad de trabajar en murales llegó cuando comenzó a colaborar con Suma Sociedad Unida y Vamos Pintando. Fue un cambio importante: por primera vez se enfrentaba a superficies de grandes dimensiones.
Nunca había pintado un mural de ese tamaño. Tuvo que aprender sobre la marcha, desarrollar nuevas habilidades y acostumbrarse a trabajar de otra manera.
Después de tantos años dibujando a ras del suelo, ahora podía pintar sobre las paredes.
Carlos describe aquella etapa como un renacer. No porque hubiera dejado atrás lo aprendido en las banquetas, sino porque descubrió que podía llevar su talento a otro nivel.
Hoy, LeyvArt es uno de los artistas que han trabajado en los murales de Alturas del Sur. Su labor forma parte de las intervenciones artísticas que dan color a distintos espacios del fraccionamiento.
Cuando habla de su trabajo, no se presenta como alguien que ya lo sabe todo. Reconoce que sigue aprendiendo y que todavía tiene mucho por mejorar. Esa disposición ha acompañado su trayectoria desde que, siendo niño, intentaba reproducir los dibujos que veía hacer a su hermano.
Su inspiración, cuenta, viene de la madre naturaleza. Pero también hay una historia personal detrás de su manera de entender el arte: la de alguien que encontró en el dibujo una posibilidad cuando otras puertas se cerraron.
Carlos sigue detrás de LeyvArt

Mientras conversamos, el trabajo lo espera. El calor no ha cedido y el andamio sigue en su lugar. En cuanto terminemos, Carlos volverá a subir para continuar con el mural.
Antes de despedirnos, queda claro que su historia no se limita a haber pasado de las banquetas a las paredes.
También habla de un joven que llegó a una ciudad donde no tenía asegurado un lugar, que tuvo que resolver cómo mantenerse y que encontró en una habilidad cultivada desde niño una forma de seguir adelante.
Los gises de colores fueron su primera herramienta de trabajo. Con ellos aprendió a ganarse la confianza de la gente, a soportar las críticas y a reconocer que podía hacer algo propio con sus manos.
Hoy utiliza brochas y pintura para trabajar en superficies mucho más grandes, pero la decisión que lo llevó a comenzar sigue siendo la misma: intentarlo, incluso cuando no sabe exactamente qué va a pasar.
Al despedirme, pienso en aquel primer Iron Man dibujado sobre una banqueta y en los 100 pesos con los que decidió probar suerte. Entre una imagen y otra hay años de trabajo, dificultades y aprendizaje.
Él es Carlos Leyva, el hombre amable que bajó del andamio para conversar en medio del calor, sin dejar de ser él mismo, aunque ahora muchas personas lo conozcan por otro nombre: LeyvArt.

































