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Caminar por nuestras ciudades debería ser un acto elemental de libertad y autonomía. Sin embargo, para millones de personas (incluyendo usuarios de sillas de ruedas, personas adultas mayores, infancias o personas que empujan una carriola) la infraestructura peatonal suele convertirse en un laberinto lleno de barreras físicas.
Por esta razón, la accesibilidad universal no debe entenderse como un añadido posterior ni como un requerimiento secundario en las obras públicas, sino como la premisa estructural básica sobre la cual se proyecta la vía pública.
Principios fundamentales de la accesibilidad universal
En este sentido, una banqueta bien diseñada es aquella que permite que cualquier persona, independientemente de sus capacidades motrices, sensoriales o de edad, pueda desplazarse de manera segura, autónoma y digna.
Asimismo, existen cuatro reglas técnicas y geométricas fundamentales que determinan si una ruta peatonal es verdaderamente accesible e incluyente:
1. Continuidad. La ruta peatonal no debe interrumpirse bajo ninguna circunstancia a lo largo del trayecto. Esto se debe a que un cambio repentino de nivel, una banqueta que finaliza abruptamente sin rampa o el corte provocado por las rampas de cocheras vehiculares rompen la cadena de viaje del peatón.
Para garantizar la continuidad, la franja libre de circulación debe mantenerse a un mismo nivel horizontal; en las entradas vehiculares y esquinas, la geometría debe priorizar el nivel de la banqueta sobre la del automóvil, obligando al vehículo a subir y no al peatón a descender. 
2. Superficie firme, regular y antiderrapante. El acabado y estado del suelo determinan la estabilidad física de quien lo transita. Por un lado, adoquines desprendidos, losas fracturadas, rejillas mal orientadas o registros sin tapa generan tropiezos, atascos y vibraciones severas en sillas de ruedas o carriolas.
Por otro lado, los materiales utilizados deben ofrecer adherencia tanto en seco como en mojado, permitiendo el rodamiento fluido y el agarre del calzado sin exigir esfuerzos excesivos.
3. Pendientes suaves. El control de las inclinaciones del suelo es crucial para evitar el agotamiento físico o el riesgo de volcamiento. La pendiente longitudinal debe mantenerse en rangos moderados (idealmente por debajo del 5% o 6%, incorporando descansos en topografías complejas).
Aunado a esto, la pendiente transversal (aquella diseñada para el drenaje pluvial hacia el arroyo vial) jamás debe superar el 2%, ya que una inclinación lateral excesiva desestabiliza la trayectoria de caminata y fuerza de manera asimétrica los dispositivos de movilidad.
4. Sin obstáculos. La banqueta debe zonificarse con claridad para distinguir el área de tránsito del área de servicios. Por lo tanto, postes de alumbrado, señalización, casetas, mobiliario urbano, vegetación y registros deben concentrarse en una franja de equipamiento adyacente al arroyo vial.
Esto permite conservar una faja libre de circulación peatonal de al menos 1.50 a 1.80 metros de ancho, completamente despejada de elementos fijos o semifijos que reduzcan la visibilidad o fuercen a las personas a bajar a la calle.
Impacto de la accesibilidad en la movilidad urbana
Diseñar la vía pública respetando rigurosamente estos cuatro principios no es una cuestión de cortesía ni un lujo técnico; es un acto indispensable de justicia distributiva y equidad espacial. La infraestructura pública que no es accesible para todas las personas, termina por segregar a sectores enteros de la población.
En última instancia, aplicar el diseño universal en las banquetas transforma la calle en un espacio democrático, seguro y habitable, demostrando que lo que está bien diseñado para la vulnerabilidad, termina siendo mejor para toda la comunidad.
Autora: Gloria Morales. Ejecutiva de educación y comunicación de Mapasin.









