Dina Grijalva, la escritora que hizo de la literatura y la minificción una forma de vivir en Rosa desde Culiacán
Rodeada de libros desde la infancia la escritora sinaloense ha construido una vida dedicada a leer escribir enseñar y compartir la palabra convirtiendo la literatura en hogar y comunidad desde Culiacán


Dina Grijalva habla de la literatura como quien habla de su casa. No como un lugar al que se llega de vez en cuando, sino como un espacio que se habita todos los días.
Su historia con los libros comenzó temprano. “Yo me siento muy afortunada porque de niña viví en una casa donde había libros”, recuerda. En su hogar, un ropero enorme fue adaptado como librero y ahí convivían cientos de volúmenes que marcaron su infancia.
La manera en que Dina Grijalva entiende hoy la literatura, la vida y el compromiso social tiene raíces profundas en su infancia. De su padre, Jesús Grijalva Ayala, heredó la disciplina intelectual y el amor temprano por los libros, una relación con la lectura construida desde la curiosidad y el rigor.
De su madre, Dina Monteverde Ballesteros, recibió una mirada crítica y progresista, sensible a las injusticias y abierta al pensamiento libre. En esa combinación —la pasión por leer y la libertad para pensar— se formó la visión que hoy sostiene su trabajo como escritora, docente y promotora de la literatura.
Aprendió a leer y no se detuvo. Primero llegaron los libros infantiles; después, sin medir edades ni advertencias, textos que no comprendía del todo.
“Me acuerdo que leí El elogio de la locura de Erasmo y no le entendía el 99.99%, pero me gustaba leerlo”.
Desde entonces, la lectura se volvió una parte esencial de su vida. Ese acceso temprano a los libros vino acompañado de algo igual de importante: la libertad de elegir.
“Prácticamente desde la secundaria decidí que quería estudiar letras”, dice.
Aunque nació en Ciudad Obregón, Sonora, Dina ha hecho de Culiacán su hogar. Llegó a los 28 años por una plaza universitaria y decidió quedarse, convirtiéndose así en vecina del sector Las Américas.
“Yo me enamoré de Culiacán”, afirma.
Ha vivido aquí cerca de 40 años, incluso en momentos complejos. “Hubo épocas en que me decían que me fuera, pero yo decía: es que yo amo Culiacán”. La ciudad y la universidad fueron durante mucho tiempo su ancla; hoy, aún jubilada, no tiene intención de irse.

La literatura, la vida y el rosa
Muy pronto, la literatura se convirtió también en enseñanza. Aún siendo estudiante, Dina comenzó a dar clases en preparatoria, transformándose en cuatro décadas dedicadas a la docencia, siempre con los libros al centro. Para ella, enseñar literatura no era solo transmitir conocimiento, sino compartir una pasión que se renueva con cada lectura.
Para la especialista, la lectura inicia en silencio. “La primera parte de la lectura siempre es un acto íntimo, en soledad”, explica. Ese momento de encuentro con el texto es personal, casi secreto.
Pero la experiencia no termina ahí, ya que leer despierta en ella un impulso profundo por compartir. “Luego me dan unas ansias muy grandes de contar lo que leí”.
Durante años, ese deseo se canalizó en el aula; hoy se expresa en talleres, charlas y lecturas colectivas que organiza, incluso, en el jardín de su casa.
Su camino académico la llevó a la maestría, al doctorado y al posdoctorado, siempre alrededor de la literatura. Vivió temporadas en la Ciudad de México, España y Argentina.
Ese periodo coincidió con una transformación personal, pues después de años de asumirse como una profesora seria y formal, Dina se permitió el cambio. Casi sin pensarlo, se pintó el cabello de rosa.
“No fue algo consciente, pensé que iba a ser temporal”, al hablar sobre el cambio de su cabello.
El color se quedó y con el tiempo pasó a ser parte de su identidad. “Ya es parte de mí, y me gusta”. El rosa también llegó a su casa, a su estudio, a los espacios donde escribe y crea. “Todo ha sido un proceso, nada fue de golpe, pero lo he disfrutado mucho”.

Crear comunidad desde la palabra
Esa necesidad de compartir y crear se expresa con fuerza en Mujeres Creando Sinaloa, un proyecto que surgió hace siete años y del cual Dina forma parte desde el inicio. Desde el área de literatura impulsa talleres, lecturas y ejercicios colectivos.
“El propósito es difundir el arte que las mujeres creamos en Sinaloa, pero también propiciar la creación y mejores condiciones”, añade emocionada y cada edición suma voces, ideas y propuestas nuevas, todas nacidas del deseo de crear y compartir.
Para Dina, el arte no es un lujo ni un adorno. “Yo creo que el arte es parte de la vida”, sostiene. La literatura, en particular, permite vivir múltiples experiencias en una sola existencia. “Cuando leemos podemos estar en cualquier país, en cualquier época, vivir emociones que no siempre vivimos en la vida cotidiana”.
Incluso en contextos atravesados por la violencia, defiende el derecho a imaginar. “Tenemos derecho a escribir de la violencia, pero también de las flores, del cielo, del amor”, menciona con convicción.
Habitar la palabra
Con el paso de los años, Dina Grijalva se ha consolidado como un referente de la minificción en México y Latinoamérica, con 15 publicaciones que dan cuenta de una voz precisa, profunda y reconocible.
Su trabajo ha cruzado fronteras con presentaciones y lecturas en distintos países, incluso en Grecia, llevando la brevedad literaria a escenarios internacionales.
Si pudiera resumir su vida en una idea, Dina no hablaría de cargos ni de reconocimientos, sino de una pasión constante. Leer, escribir, enseñar, compartir. “La literatura es vida”, dice. Y en su historia, esa frase no funciona como metáfora, sino como una manera clara y profunda de estar en el mundo.
Algunas de las obras más relevantes de Dina Grijalva
- Eldorado: evocación y mito en la narrativa de Inés Arredondo (2011)
- Goza la gula (2012)
- Las dos caras de la luna (2012)
- Luisa Valenzuela: perspectivas críticas (2013)
- Abecé sexy (2016)
- Eros y Afrodita en la minificción (2016)
- Mínimos deleites (2017)
- Miniaturas salmantinas (2018)
- Fuegos de palabras (2022)
- Las cien y una minificciones (2024)















