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Vivi, la venezolana que conquistó Culiacán con arepas y corazón desde La Conquista y que sueña con el rap

Con apenas 22 años, Vivi convirtió su casa en La Conquista en un rincón de Venezuela en Culiacán. Entre arepas, mandocas y chicha

28 febrero, 2026
Vivi se dice orgullosa de todo su trayecto ya que menciona que para llegar lejos se necesita de esfuerzo y constancia.
Vivi se dice orgullosa de todo su trayecto ya que menciona que para llegar lejos se necesita de esfuerzo y constancia.

En el sector La Conquista hay una casa que, desde temprano, huele a maíz tostado, carne mechada y canela. No es un restaurante tradicional ni un local de cadena. Es una casa convertida en punto de encuentro, en cocina abierta, en pedacito de Venezuela en medio de Culiacán.

Ahí está Vivi. Tiene 22 años, un mandil con la bandera venezolana y una energía que no se apaga ni cuando el día ha sido largo. Atiende en la puerta, organiza pedidos, coordina domicilios, regresa a la cocina y vuelve a salir con una sonrisa. Todo pasa en cuestión de minutos.

Pero detrás de cada arepa hay una historia que no cabe en el menú.

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Vivi llegó a México hace dos años. Salió de Venezuela por necesidad, como tantos. Sin demasiadas oportunidades, con la convicción de que había que hacer algo para salir adelante. Antes de vender arepas intentó otros negocios, buscó cómo generar ingresos mientras su verdadero sueño —la música— seguía latiendo fuerte, porque Vivi es rapera.

Desde los 11 años rimaba, pues creció en un país donde el rap tiene identidad propia, escuchando a Canserbero y soñando con escenarios enormes.

Yo sueño con estar en una tarima, llenar un estadio… pero mientras tanto, si voy a hacer algo, lo hago bien”, dice, sin perder de vista la plancha donde se doran las arepas.

DESTACADO: En cada arepa que sale de su cocina no solo hay sabor venezolano: hay disciplina, independencia y el sueño firme de algún día subirse a una gran tarima.

La casa donde comenzó todo

La idea de vender arepas nació en una conversación sencilla con su esposo, un culichi al que conoció gracias a la música. Se encontraron en Colombia, compartieron pasión por el arte y, poco después, ella llegó a Sinaloa.

No sabía casi nada de Culiacán, pero pronto se enamoró de la ciudad. “La verdad, Culiacán me sorprendió. Yo venía con otra idea en la cabeza, pero aquí me han tratado muy bien. La gente es cálida, trabajadora… y ya lo siento como mi casa.”

Y a pesar de las dificultades, en plena incertidumbre decidieron emprender. “¿Quién está más loco, él o yo?”, recuerda entre risas.

La apuesta fue abrir desde casa. Adaptaron el espacio, organizaron la cocina, diseñaron un menú. Poco a poco comenzaron a llegar los primeros clientes. Luego los vecinos. Después recomendaciones. Más tarde, pedidos a domicilio que cruzan la ciudad.

Sabor a infancia, sazón culichi

La arepa, explica Vivi, es más que comida. “La arepa es un mordisco que sabe a mantequillita, a casa. Cuando yo me la como, me devuelvo a mi niñez.”

En Venezuela se come a cualquier hora. Desayuno, almuerzo o cena. Es versátil, sencilla y poderosa.

Pero al llegar a Culiacán entendió que debía hacer un puente entre culturas. Mantener la esencia, sí, pero acercarla al gusto local.

Así nacieron combinaciones que mezclan tradición venezolana con ingredientes que los culichis reconocen: carne asada, guacamole, camarón. Junto a la clásica carne mechada y la reina pepiada, el menú fue creciendo.

También ofrece mandocas típicas y una chicha cremosa hecha a base de pasta, con canela y leche condensada. Un sabor que sorprende y engancha. “Esto es puro sabor de doñita”, dice, contando que reunió consejos de mujeres venezolanas que ha conocido en México para perfeccionar las recetas.

El boom que nadie ve por dentro

El negocio ha crecido. Hay días en que la producción se termina antes de lo esperado. La jornada inicia alrededor de las 10:30 de la mañana y puede extenderse hasta la noche.

La gente dirá que estoy bendecida, ha sido un trabajón. Nunca en mi vida había trabajado tanto.”


Lo dice con honestidad, orgullosa, sin exagerar, pero feliz de los nuevos retos que le da la vida. Cocina, atiende, promociona, responde mensajes, organiza envíos, limpia, vuelve a empezar. Y en medio de todo eso, sigue escribiendo música. Porque su identidad no se divide: es emprendedora y artista al mismo tiempo.

Cuando se le pregunta qué la hace sentir más orgullosa a sus 22 años, no habla de ventas ni de popularidad. Habla de independencia. “Mi mayor orgullo es que lo estoy haciendo por mí. Nadie me está regalando nada.”

Cuenta que creció escuchando que el sueño de muchas niñas era encontrar a alguien que las mantuviera. Ella decidió romper ese molde. “No necesitamos a nadie que nos mantenga. Nosotras somos suficientes para hacer lo nuestro.”

Nostalgia y futuro

Cuando menciona Venezuela, la voz cambia. Hay nostalgia. Su familia está regada por el mundo. Extraña. Duele. “Lo primero que siento es nostalgia… ya no es la misma Venezuela de antes.”

Pero también hay esperanza. Trabajar aquí es una forma de honrar de dónde viene y hacia dónde quiere ir.

Ha participado en eventos musicales, ha rapeado en espacios públicos, ha sentido el apoyo de personas que la escuchan por primera vez y le dicen que no pare. Eso la impulsa.

DESTACADO: “No importa si hoy estás vendiendo comida o limpiando un baño. Nada de eso define lo que vas a lograr en el futuro.”

En esa casa de La Conquista no solo se cocinan arepas. Se cocina disciplina. Se cocina carácter. Se cocina un sueño que todavía no se sube a la tarima que imagina, pero que ya encontró su primer escenario: una cocina llena de vida.

Y mientras el timbre suena anunciando otro cliente y la chicha se sirve en vasos con canela espolvoreada, Vivi sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: Trabajar hoy, soñar en grande, y sobre todo no rendirse. 



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